En teoría, el candidato presidencial oficialista de un gobierno que tuvo un buen desempeño tiene muchas probabilidades de ser elegido. Los ciudadanos reconocerían los méritos del gobierno y apostarían por quien representa más fidedignamente su continuidad. Siguiendo esta lógica, los electores sancionarían al candidato oficialista de un gobierno desastroso. Sin embargo, este razonamiento se quiebra al aplicarlo al caso peruano. Comparemos sólo los dos gobiernos de García. La actual administración ha sido de lejos mucho mejor que su primera gestión. El país en crecimiento, con mejoras en materia de inclusión, resulta un gran avance comparado con la hiperinflación más elevada de la historia. El nivel de conflictividad actual y los casos notorios de corrupción (el lado negativo de este gobierno) resultan comparativamente males menores a la luz de la guerra con Sendero y el MRTA y la corrupción partidaria del primer gobierno aprista. Entonces, ¿cómo se explica que el candidato presidencial aprista de 1990, Luis Alva Castro, heredero de un gobierno desastroso, obtuviera el 22% de las preferencias y estuviera a punto de pasar a la segunda vuelta si no fuera por el tsunami Fujimori? ¿Cómo se explica que la actual candidata oficialista Mercedes Aráoz no llegue a los dos dígitos en la intención de voto a su favor a pesar de representar los logros del gobierno saliente?
Alfonso Grados Bertorini me dijo en el 2002 que el mal del siglo XX peruano fue el antiaprismo. Esa animadversión apasionada de diversos sectores políticos y militares hacia el partido que fundara Haya de la Torre obstaculizó las incursiones sociales democratizadoras que representaba el APRA. Al final de la primera década del siglo XXI, ese antiaprismo se ha fusionado con una suerte de antialanismo, al punto de convertirse en un lastre pesadísimo que sólo el propio García puede cargar en una lid electoral. Aráoz, quien busca simbolizar el crecimiento y la honestidad del gobierno, termina heredando ambos "antis" que estigmatizan peyorativamente hasta algún mérito del gobierno que se niegan a reconocer públicamente. Un dirigente aprista confesaba a modo de reclamo: "Una cosa es ser corrupto, pero mucho peor es ser corrupto aprista; una cosa es ser ineficiente, pero mucho peor ser ineficiente aprista". De este modo, el adjetivo aprista se convierte en un insulto, en un mal en sí mismo, en el enemigo del país, en lo más repudiable de la política peruana. Pero, ¿es realmente así?
Aráoz lleva a cuestas al aprismo, pero sobre todo al antiaprismo. Se la grafica apresada por los pesos pesados apristas, cuando realmente lo está por esa cultura política GCU que exalta los defectos y es mezquina con las virtudes del APRA. Tendrá que luchar no sólo contra los demás candidatos, sino sobre todo contra el antiaprismo.