Cuenta Soloviev en su “Breve relato sobre el Anticristo” que cuando la Bestia se apodere del planeta, no empleará un lenguaje violento o rupturista. No usará, en un inicio, las armas o la coacción material. Al contrario, el Anticristo se presentará ante la opinión pública como el campeón de la tolerancia, el adalid de lo políticamente correcto, el líder del pensamiento blando y la libertad sin límites. Buscará convertirse en un maestro a la medida de nuestras pasiones, apelando a nuestros deseos más inmediatos. Si el pueblo quiere sangre, sangre recibirá. Si quiere pan y circo, pan y circo nos dará. El Anticristo buscará abolir las fronteras naturales del cristianismo y hablará al pueblo con dulces y elevadas palabras, aunque en el fondo el mensaje sea el mismo que el de la antigua serpiente: odio al cristianismo y libertad luciferina.
Todo falso discurso sobre la tolerancia termina creando una sociedad totalitaria. Eric Voegelin decía que el totalitarismo es la consecuencia real de los regímenes supuestamente progresistas. El afán de control centralizado, la idea de una libertad dirigida desde el gobierno y la imposición de una solidaridad burocrática de arriba-abajo generan un escenario dictatorial en el que cualquier atisbo de oposición es destruido moral y legalmente. Oponerse a ese Estado totalitario, que predica la tolerancia pero ejerce la persecución política, equivale a enfrentarse al Anticristo durante el tiempo que dure su falso reinado.
Toda persecución está condenada al fracaso. Por supuesto, el tiempo de la gran tribulación exige mártires y confesores. Pero los días del Anticristo están contados. ¡Ay de aquellos que predican tolerancia para unos y odio eterno para otros! Semejante propaganda lleva en su seno el germen de su propia destrucción.


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