"Ja... ja... ja... ¿Por qué ríes así?/ Tú no tienes razón/ para amargar mi corazón. / Tú sabes que te quiero/ y en el cuartito espero/ llorando por ti. / ¿Por qué no vienes a mí?". Así, con una carcajada, una pregunta luego y después unos versos que eran un himno a la nostalgia, que provoca el desamor, es el bolero EL CUARTITO que cantó, con tanto éxito, el cubano Francisco Hilario Riset, o simplemente "Panchito", para su inmensa legión de admiradores. De fans, como se dice hogaño.
EL CUARTITO lo compuso, en 1947, año emblemático, "Mundito" Medina. Un bolero para la voz de "Panchito" que tenía un registro tan alto que, como dicen los entendidos, pasa sobre la orquesta, con un vibrato que era como un temblor. Los románticos desde entonces, embelesados, agregaron un nuevo registro a la suave y arrulladora voz de Fernando Albuerne; a los viriles tonos, aunque gangosos, de Daniel Santos, y a la cadencia y alegría de Bobby Capó.
"Panchito" grabó, sus más grandes éxitos, acompañado de la orquesta de Luis "Lija" Ortiz. Había cantado también con la orquesta de Xavier Cugat y, al haber adoptado la ciudadanía estadounidense, peleó en la Segunda Guerra Mundial. Fue dado de baja, con honores, en 1943. Desde entonces se dedicó al canto.
¿Por qué me viene esta ola de recuerdos y de evocaciones ahora, después de tantos años? No lo puedo explicar. Solamente digo que en mis años adolescentes, los días sábado, a la salida de la Gran Unidad CORONEL BOLOGNESI, iba, con mi entrañable amigo Alberto Crisosto Luque, "Tito" para sus amigos, a escuchar EL CUARTITO, en una radiola que había en el Balalaika, que era un restaurante ubicado en el mercado viejo, la inolvidable recova, que aún conservaba su fachada de piedra de cantería.
El Balalaika quedaba en la esquina que forma la avenida Bolognesi con la callecita Charles Metraud, que tiene una sola cuadra. Su propietaria era una buena señora que apellidaba Abarca, casada con un señor Alejos. Esta buena mujer cocinaba unos fragantes platos. Con mi amigo Crisosto éramos caseritos del Balalaika. Qué pensarían los comensales, pienso ahora, al ver a dos muchachos, con uniforme escolar, entrar a colocar una moneda, en la rockola, para escuchar, invariablemente, ese bolero que cantaba "Panchito".
Para nosotros la palabra "balalaika" era extrañísima. Después supimos que se trataba de un instrumento musical de tres cuerdas, y caja triangular, que usan los rusos y los tártaros para acompañar sus canciones. Nunca le preguntamos, a la dueña del restaurante, por qué le había puesto ese nombre, para nosotros extraño, entonces. En todo caso, fue nuestro primer acercamiento a la lejana Rusia de los zares y de los revolucionarios rojos.
"Panchito", que había nacido en La Habana, en 1910, murió en Nueva York, el 8 de agosto de 1988, víctima de una agresiva diabetes, con las dos piernas amputadas, casi solo, pobre, olvidado y ciego, en un cuartito. Seguramente "con la luz a medio tono y la cortina bajita".
Otro de mis admirados cantantes es Alfredo Ortiz Tirado, tenor y doctor en medicina. Ortiz Tirado nació en los Álamos, Estado de Sonora, en México, el 24 de enero de 1893, y murió en Ciudad de México, el 7 de septiembre de 1980.
Ortiz Tirado forma parte de un trío de tenores de oro, en la música melódica mexicana. Los otros son Tito Guizar y Juan Arvisu. En 1934 grabó Oración Caribe, del maestro Agustín Lara, y confirma la inclinación por la música y el canto que es característica en muchos galenos.
Fue varios años médico de cabecera de la gran artista, mujer de Diego Rivera, Frida Kahlo. Para tratarla importó la primera mesa Olby, lo último entonces en cirugía para la espina dorsal. También operó, al flaco Agustín Lara, en la mejilla, tratando de disimular algo la cicatriz que se había ganado en un lío por una de las tantas mujeres a las que amó ese notable compositor, el más grande romántico que México ha dado.
El doctor Ortiz Tirado, en 1938, donó una clínica para niños, a su ciudad natal. Este gesto le valió el reconocimiento de sus paisanos y de sus colegas. Lo hizo con parte del dinero que había ganado en sus giras por el nuevo mundo. No debemos olvidar que fue uno de los pocos, poquísimos cantantes, que grabaron en el exclusivo sello rojo de la RCA Víctor, todo un privilegio entonces.
Escribo en mi biblioteca esta crónica y veo, frente a mi, en un estante, muda, una pequeña radio Philips que me regalaron cuando cumplí los siete años y empezaba la "edad de la razón", en mi solitaria pero feliz infancia. Tantas veces, desde aquella radio a tubos, que los transistores y los modernos chips han desterrado a los sótanos del olvido, habré escuchado al boliviano Raúl Show Moreno, acompañado por Los Peregrinos, cantar Palmeras, aquel aire camba, alegre y tristón, a la vez; al alegre cuarteto cubano Los Ruffino, padres e hijos, y su Luna de miel en Puerto Rico, el son caribeño Tipitín o la clásica y eterna Vereda Tropical.
No se van de mi memoria, y se acrecientan con el tiempo, los boleros y pasillos que cantaban esos dos ecuatorianos famosos que fueron Julio Jaramillo y Olimpo Cárdenas. Yo era, y soy, un fanático de la voz de Olimpo, bohemio impenitente que murió en su ley, en los brazos de Baco.
Entre las voces femeninas mis preferidas eran las cubanas y mejicanas. Entre ellas Olga Guillot, María Luisa Landín, María Victoria, que siempre estaba "tan, pero tan enamorada" y Toña "La Negra".
Y no sigo porque me gana la melancolía, el tiempo viejo de los viejos amores y de las esperanzas perdidas. Salud. "Y en el último trago nos vamos".

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