Si bien es grato saber como peruano que la justa condena al ex presidente Alberto Fujimori ha sido un acontecimiento mundial, la cual reconforta nuestra institucionalidad democrática y enaltece la dignidad nacional, desterrando la injusticia y la impunidad; resulta increíble, paradójico y preocupante saber que existe gran cantidad de peruanos identificados con el sátrapa, dictador y genocida más grande de la historia del Perú, los cuales rechazan su condena, se compadecen de él y, peor aún, están dispuestos a votar por su hija sólo con el fin de indultar al bandido japonés.
El porcentaje de peruanos identificados con el fujimorismo es alarmante, tanto así que Keiko Sofía Fujimori -según algunas encuestadoras referenciales por tendenciosas- viene punteando la intención de voto. ¿Tan ciegos pueden estar estos peruanos? ¿Es tan fuerte el lazo emotivo que los une al genocida ex presidente, que bloquea cualquier intento de razonamiento? ¿Cuál es la causa de tal identificación?
Varias interrogantes se ciernen en torno a este injustificable fenómeno político-social llamado fujimorismo que se ha enquistado en las estructuras sociales peruana y amenaza nuevamente con tomar el poder político.
En sí, el fujimorismo como todas las dictaduras que han gobernado el mundo, a pesar de sus grandes crímenes y corruptelas, son movimientos políticos -según Juan Bosh- con respaldo popular, lo fue por ejemplo la dictadura franquista en España, la de Pinochet en Chile, y lo es hoy por hoy la de Chávez en Venezuela; gobiernos opresores y violadores de los derechos humanos pero con respaldo del pueblo, el cual es ganado en base a políticas asistencialistas y populistas (aprovechándose del estado de necesidad permanente de las clases mayoritarias); y de ideologización y concientización política de las masas ignorantes a través de los medios de comunicación a los cuales controlan. Eso explica el por qué el apoyo mayoritario al fujimorismo proviene de las clases sociales D y E.
Otro factor que puede explicar la vigencia anómala del fenómeno fujimorista es el marketing mediático con el que se ha vendido al reo japonés al hacerlo pasar como el restaurador del Perú que derrotó al terrorismo y estabilizó su economía, luego del catastrófico primer gobierno de Alan García (cualquier gobierno lo hubiera hecho mejor). En este caso la coyuntura jugó a favor del dictador, el cual asumió como exclusivos tales logros, cuando esto no fue realmente así. Cual fue en realidad la política contrasubversiva aplicada por Fujimori, sino la de exterminar a cualquier sospechoso de terrorismo a través de un servicio de inteligencia que más que inteligencia procedió con salvajismo y brutalidad contra muchos peruanos inocentes a través de sus métodos de guerra sucia llamada "guerra de baja intensidad".
La debacle de Sendero se da, principalmente, luego de la captura de Abimael Guzmán y sus principales cabecillas, a través de un paciente trabajo policial en el que el SIN de Montesinos y Fujimori no tuvo ninguna intervención, según las propias palabras de Ketín Vidal, el captor del líder senderista. Ahora la llamada "estabilización de la economía" endilgada al autócrata se hizo a costa de que, de someternos al FIM y aplicar el ajuste estructural, despidiendo a cientos de miles de empleados, eliminando los sindicatos y empobreciendo más a los pobres. Esa es la realidad, Fujimori hizo más deméritos que méritos y lo que es peor institucionalizó la inmoralidad en el país. Que no se diga entonces que robó y mató pero hizo obra, que esa es una idea absolutamente irracional, inmoral y decadente que debe ser superada, con mayor razón, por aquellos que aún creen que el Perú tiene salvación. Lo emotivo no puede primar sobre lo racional.