Opinión

El gran hermano.

COLUMNA: MARTÍN SANTIVÁÑEZ

04 de Julio del 2019 - 07:00 Martín Santivañez

Un expresidente muerto, la lideresa de la oposición encarcelada, los disidentes perseguidos y una clara judicialización de la política son los signos evidentes de la crisis nacional que el escándalo de “Lava Jato” ha provocado en nuestro país. Esta crisis es el Alfa y el Omega de la gran guerra política que padecemos, una guerra que, hasta el momento, se salda con la destrucción de la oposición y la huida hacia adelante del gobierno y sus aliados. A estas alturas del partido, el que piense que lo que ha sucedido con el Estado de derecho solo puede explicarse desde el punto de vista de la técnica jurídica es un iluso o un cínico. Para ser francos, en este país de sonámbulos abundan los especímenes funambulescos.

Pero mientras unos mueren o son encarcelados, otros se retuercen en los medios masivos y en las redes sosteniendo que lo que queda de la oposición no puede hablar de “objetivos políticos” o “enemigos del partido”. Nadie puede organizar una estrategia política hablando de enemigos o rivales, menos criticando o adjetivando el comportamiento de sus verdugos. Francamente, posturas como esta no son exageradas, sino fariseas. He aquí la máxima expresión de nuestro fariseísmo político. La oposición y el Congreso pueden ser escupidos, ultrajados, ninguneados y amenazados. Pero el oficialismo y sus aliados no pueden ser etiquetados como “enemigos políticos”, ni en chats privados, ni en whatsapps. A todos les horroriza el adjetivo, pero nadie se rasga las vestiduras ante esta masiva interceptación de teléfonos, propia de la más vil de las dictaduras.

No nos engañemos. Mientras impere “el gran hermano” estamos condenados a un Bicentenario del odio.

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