La frase del epígrafe deriva del latín (Homo homini lupus) y se la suele atribuir a Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVIII; pero, como suele ocurrir, las frases efectistas adquieren la paternidad de quien las pone en vigencia. Parece que ese fue el caso de Hobbes. Aunque lo cierto es que él la cita, sin especificar si la tomó de otros dos ingleses: Francis Bacon o John Owen, que también la mencionan en sendas obras.
Pero, por más que pasen los siglos, siempre la verdad se impone. Lo que se sabe es que ya figuraba en la literatura romana antigua, y, más específicamente, en la obra dramática Asinaria de Plauto. Y lo más probable es que ni el mismo Plauto fuera el creador de dicha sentencia, porque la historia literaria ha logrado detectar que en tiempos de este autor era ya un adagio de uso común, lo cual lleva a concluir que su verdadero creador es el pueblo, y que la maldad no tiene edad.
Y, en ese sentido, vale más darle crédito a la propuesta poética de otro inglés que sugiere la existencia del mal en la naturaleza misma del hombre, Robert Stevenson lo graficó así en el personaje que desdoblaba su personalidad en el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, hombre bueno y hombre malo, es decir, que -sin sentirse alarmado- cada ser humano debe admitir que en sí mismo conviven el bien y el mal.
Como todo en la vida, hay dos elementos contrarios que contienden en sus circunstancias. De ahí que la famosa frase del español José Ortega y Gasset, "yo soy yo y mi circunstancia", deba entenderse en ese sentido: que nuestros Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pueden aparecer sin que seamos conscientes de ellos, de acuerdo con los avatares que nos influyan.
Pero, felizmente, los fatalismos y determinismos (a pesar de su apariencia apodíctica) no son los que controlan nuestras reacciones. Por más que tengamos ganas de ahorcar al primer imbécil que pretenda desquiciarnos con sus necedades, nos llama a la cordura la reflexión sensata de que el hacerlo significaría convertirnos en su igual.
Lo que faltó al refrán del epígrafe (atribuido a Hobbes) y al símbolo de Stevenson fue precisar que entre la maldad y la bondad está la imbecilidad. Y si bien hay que cuidarse de caer en la tentación de la maldad o en la exageración de la bondad, no menos aprehensible debe ser caer en la imbecilidad.

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