Opinión

El largo camino del Gran Teatro

21 de Junio del 2014 - 09:17 Alan García Pérez

Quien concurre al Gran Teatro Nacional imagina que para hacer esa obra se dio una orden presidencial y se asignaron los recursos. Pero no fue tan fácil. En 1986, iniciamos el proyecto de construir un Centro Cultural en torno al Banco de la Nación en la avenida Javier Prado. En realidad, ese edificio era ideal para un gran museo y propusimos crear allí un Museo de la Nación. Pero, ¿a dónde trasladar la sede del banco? La mejor opción era un edificio ocupado por la Contraloría de la República en el Centro de Lima. ¿Y dónde instalar la Contraloría? Negociamos con esta entidad autónoma su traslado a una mansión de la avenida Arequipa y a la vez convencimos al directorio del Banco de la Nación. Fueron dos años de gestiones e impaciencia, pero desde 1989 comenzamos, con la ayuda de Fernando Cabieses, el diseño del Museo inaugurado en 1990.

Mas el sueño era rodear al Museo de otros centros de cultura y que, en medio de ellos corriera la línea del Tren Eléctrico cuyas obras comenzaban. Se identificó, en la esquina siguiente, un terreno perteneciente a Minero Perú, y tras canjearlo por otro, tomamos posesión de él con Juan Mejía Baca, director de la Biblioteca Nacional, para edificar su nueva sede. Iniciamos las obras de cimentación para hacerla irreversible, pero llegó 1990 y el trabajo fue interrumpido por el siguiente gobierno.

En el 2006 reiniciamos el proyecto del Centro Cultural, pero el Museo y la Biblioteca debían tener un teatro con las más altas condiciones de sonido y modernidad. En el ángulo del Museo existía un terreno estatal de más de cinco mil metros. Pero surgieron obstáculos que tomó años resolver. Estaba ocupado por una carpa circense a la que habían otorgado un alquiler indefinido. No era posible lograr su salida sin pagar una indemnización y eso, por las restricciones legales, era imposible para un proyecto aún no desarrollado. Además, habiendo priorizado las obras de agua potable y electrificación rural, ¿cómo justificaría el uso de millones de dólares estatales en un proyecto cultural que no era considerado urgente?

Por ello, en el 2007, convoqué a empresas y personas para exponerles la idea. Fernando Belmont, Odebrecht, Telefónica y Backus fueron los primeros. Me escucharon muchas veces. Fue necesario diseñar en Palacio una maqueta de cartón y mapas para hacer accesible el proyecto. Y constituimos un patronato privado, gerenciado por ellos, al que se aportaron los primeros recursos. Debimos tratar con el Instituto de Cultura, para que el patronato se encargara de negociar y pagar la salida de la carpa. Tras muchos meses, el terreno fue desocupado. Pero para iniciar las obras, el patronato debía tener derecho a edificar en favor del Estado y luego cederle lo construido para su conclusión, y para eso se requería un acuerdo y mucho más dinero privado. Nuevos aportantes fueron convocados (Graña, Lindley, LAN, etc.) y comenzaron las obras que avanzaron hasta el segundo nivel. Entonces, se cedió lo invertido o construido al Estado y este concluyó la obra, la iluminación, las butacas, etc. Y con la voz del legendario barítono Ruggiero Raimondi, el teatro se inauguró el 23 de julio del 2011.

Fueron veinte años de gestiones e impaciencia, pero valió la pena. Hoy, en la zona, Lima tiene el mejor teatro de América Latina, un museo que debe ser relanzado, una Biblioteca y también al Ministerio de Educación. Ahora pienso que para el bicentenario debe tener al Gran Archivo Nacional y al Conservatorio Nacional de Música. Y se llegará a ellos en el Tren Eléctrico, a la Estación de la Cultura. Así, con paciencia y obra por obra, se construye el Perú.

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