El lastre de Ollanta
El lastre de Ollanta

En lugar de vociferar contra políticos opositores a los que tilda de "sinvergüenzas" y "ladrones", y de llamar "gallinazos" a los periodistas para luego tratar de establecer, muy sutilmente, la pauta de contenidos a los medios de comunicación; todo ello quizá debido a su molestia ante la sostenida caída de su popularidad y la de su esposa, el presidente Ollanta Humala debería dejarse de blindar junto a sus congresistas al expresidente Alejandro Toledo, lo cual sería una medida muy acertada que los peruanos sin duda sabrían apreciar.

Ante tantas evidencias mostradas desde hace varios meses, respecto a las muy dudosas compras efectuadas por la suegra del exgobernante, resulta hasta suicida que el régimen siga apoyando a Toledo y evitando, a través de burdas maniobras efectuadas por los operadores del humalismo en el Congreso, que el líder de Perú Posible explique ante la representación nacional de dónde ha salido la plata que, a través de operaciones efectuadas por sospechosos personajes, sirvió para adquirir la casa de Las Casuarinas y la oficina de Monterrico.

El presidente Humala ha dicho que no se trata de hacerle "un juicio popular" a Toledo y que, por eso, prefiere que el caso del "boom inmobiliario" más escandaloso de la historia del Perú se vea solo en el Ministerio Público. De ser así, entonces para qué tenemos Congreso con facultades de fiscalización según la propia Constitución, y para qué entonces su bancada mayoritaria sí ha dado luz verde para que Alan García y Keiko Fujimori sean investigados en el Parlamento hasta por vivir, en el caso de esta última, en la casa de unas primas.

Es extraño que dos "apóstoles" de la lucha contra la corrupción como fueron Toledo a inicios de la década pasada, y Humala tras el gobierno aprista, al que sus rivales siempre acusaron de corrupto, terminen ahora hermanados y unidos como un solo puño para tratar de impedir que se esclarezca de dónde salieron los millonarios fondos que por estos días han convertido al líder de la chakana en un cadáver político, cuyo desagradable olor está alcanzando al jefe de Estado, a sus congresistas y a su partido, a quienes todavía les faltan tres años para terminar su gestión.

Si los peruanos han desconfiado de la honestidad de sus autoridades a lo largo de la historia, es precisamente por actitudes como las que hoy muestra Humala, quien irónicamente critica a los "políticos tradicionales" sin advertir que al blindar a un dudoso personaje con muchas cosas por aclarar, se convierte en uno más de esos olvidables peruanos que en algún momento tuvieron poder y le dieron la espalda a sus electores al meter la mano donde no debían o, como sucede en este caso, por proteger a quien lo habría hecho.

Si la popularidad del presidente Humala tiende a la baja, que no culpe a los políticos rivales ni a los periodistas, sino, entre otras cosas, al tremendo lastre que se ha colocado en la espalda al defender a un indefendible. Que al expresidente lo escuden Juan Sheput, Daniel Mora, Luis Thais y Carmen Omonte. Si ellos quieren quemarse, que lo hagan. Sin embargo, un jefe de Estado que está a menos de la mitad de su mandato no puede cargar con ese peso, pues por unos cuantos votos en el Congreso, su régimen podría hacerse inmanejable de comprobarse todo lo que se sospecha respecto al "boom inmobiliario" de Toledo.