Por el momento es muy confusa la situación en Venezuela tras el arresto y envío a Nueva York del dictador Nicolás Maduro para que responda ante la justicia. Sin embargo, queda claro que quien asuma el mando de ese país casi en ruinas, va a tener un arduo trabajo que implicará lidiar con el chavismo que ha tomado el Estado por 26 años y que no se va a ir tan fácilmente por más que sus cabecillas, llámense Delcy Rodríguez o Diosdado Cabello, terminen presos o en el exilio.
Una cosa es la cúpula que ha mandado –y manda– en Caracas, y otras es la gran cantidad de gente que en dos décadas y media ha sido colocada en los poderes públicos, ministerios, direcciones y demás entidades, obviamente a través del clientelismo y el pago de favores. Estos venezolanos son dueños de una pequeña “parcela” de poder y de un puesto de trabajo en un país de hambrientos y menesterosos donde un ingreso mensual de cinco o diez dólares mensuales convierte a cualquiera en un privilegiado.
Y nada podrá cambiar en el país caribeño, mientras el chavismo siga activo y metido en un Estado que debe ser refundado tras 26 años de una tiranía corrupta. Venezuela no podrá resurgir de las cenizas si no se retira a esas personas que con sus camisas rojas celebraban y aplaudían como focas las diatribas, los chistes y las payasadas del impresentable de Maduro, todo a cambio de un sueldo miserable y quizá también de una bolsa de azúcar y un litro de leche a fin de mes.
Un tema aparte son las Fuerzas Armadas de Venezuela, en la que jamás podría confiar un nuevo gobernante si se tiene en cuenta que desde hace 26 años sus integrantes no conocen otra cosa que no sean las “enseñanzas” del chavismo y el “legado” de su “comandante eterno” Hugo Chávez, el gran demagogo que inició toda esta pesadilla que ha costado miles de vidas, millones de dólares y el éxodo de casi 10 millones de venezolanos, de los cuales un millón 600 mil están en el Perú.
El trabajo que viene en Venezuela es arduo. Esto no se arreglará de la noche a la mañana, ni mucho menos estarán dadas pronto las condiciones para el retorno de los millones de inmigrantes que andan regados por el mundo. Hablamos de un país devastado, sin inversiones, sin productos básicos en las tiendas, sin servicios de salud dignos y con un Estado elefantiásico plagado de ineptos que serán un lastre. Son las dramáticas consecuencias que deja el “socialismo del siglo XXI”.




