Podemos renegar del estacionamiento y de las colas que hay que hacer para comprar boletos y luego acceder a la gama de platos, pero nadie puede negar que Mistura sabe a Perú y que bien vale la pena sortear estos pequeños inconvenientes para involucrarnos en una feria gastronómica cuyos aromas y olores llegan hasta el extranjero.
Por estos días, todos los caminos conducen a la Costa Verde, en Magdalena del Mar, donde, como en anteriores ediciones, la oferta satisface con creces la demanda y este año, en su novena versión, tiene el plus de ser anfitriona de cocinas milenarias, como las de México, la India y Marruecos.
Estamos, pues, ante la gran fiesta de la comida peruana, la más importante de Latinoamérica, según propios y extraños, y asistir casi se ha convertido en una actividad cívica, pues allí se mezclan todos los factores que nos definen como país, empezando por la diversidad productiva, que nos permite tener potajes únicos en el mundo.
Mistura, en ese sentido, sirve también para que los productores del Perú profundo marquen presencia en la mesa principal y sean parte de este flujo gastronómico que nos ha puesto en el primer orden a nivel mundial.
“Hay centenares de niños que están desnutridos y varios millones que tienen anemia. En este lugar de abundancia y diversidad pensemos en ellos”, afirmó el presidente Kuczynski al inaugurar el evento.
Entonces que Mistura sea, además, un aliciente para que el Estado alimente mejor a la población vulnerable vía programas sociales que funcionen.

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