Confieso que, a partir de ahora, cada vez que suba a un avión me gustaría que piloto y copiloto estén parados en la puerta para que cada uno de los pasajeros les veamos la cara. Ellos, como lo hacen las aeromozas y sobrecargos, nos recibirán con la mejor de sus sonrisas de reglamento.
Pero habrá algo en la mirada que delate un pensamiento desequilibrado, un tic nervioso en los párpados, alguna mueca de sonrisa que me advierta el peligro mortal de dejar mi vida en manos de algún demente impecablemente uniformado.
Los insondables misterios de la mente humana no eran ni tan misteriosos ni desconocidos para los médicos, familia y entorno más próximo del copiloto, incluso para la aerolínea que dice -por recomendación de sus abogados- que se le ocultó la enfermedad.
Ni siquiera la respiración se le agitó porque esto ocurre cuando la persona está en el dilema de decidir. Ya sabía lo que quería, estaba tranquilo porque ya tenía “la solución”, la salida al entrampamiento en que le había metido su mente.
¿Que no pensó en la vida de ese centenar y medio de personas? La mente entra como en un túnel donde no existe nadie más que él, un túnel oscuro que recorres a 800 kilómetros por hora, hasta que todo explota en millares de trozos.
Los funcionarios de la aerolínea han referido como confidencial el parte médico para no llamar por su nombre la enfermedad que padecía el copiloto, entendiendo que pertenece al ámbito privado. Podría usted guardar en secreto que el señor se encuentra emocionalmente inestable cuando sabe que tiene en sus manos los controles de una nave de pasajeros? ¿No cree usted que debería decírselo a quienes deben decidir si está en condiciones de manejar el avión?



