Para nadie es un secreto que las mujeres han recorrido un tortuoso camino para poder sentarse de tú a vos con los representantes del sexo férreo en el palco de la vida. Nadie ha tenido tantos impedimentos en su desarrollo social, político y profesional como estas nínfulas marginadas. Han sido su talento y sensibilidad lo que le han permitido tentar el inefable sueño de la igualdad.
Obstáculos tan grandes y absurdos que nuestra sociedad machista ha manipulado a lo largo de la historia para mantener sometidas a las mujeres. Por ejemplo, en la edad media una mujer no tenía derecho de recibir formación más allá de la educación básica. En los inicios de la época republicana, una mujer estaba privada del derecho a elegir a sus representantes porque era considerada un ser débil y carente de sentido político. Hasta en las órdenes eclesiásticas, por los siglos de los siglos, las féminas no estaban facultadas para ceremoniar a Dios, ya que bíblicamente son seres lujuriosos y portadores del pecado.
Si estos atropellos han ocurrido contra el mal llamado sexo débil a lo largo del tiempo, qué podemos esperar del idioma en el que se han cometido. Sabido es que una lengua es el reflejo cultural e ideológico de sus hablantes. Esto se demuestra en el hecho que, durante siglos de evolución, el español ha tendido siempre a favorecer a lo masculino como categoría generalizadora cuando hay que pluralizar, por ejemplo: mujer y niño buenos". Pienso que lo justo sería: mujer buena y niño bueno. La Academia también lo piensa, pero comienza aquí la tortura para los jóvenes hablantes al no tener un término generalizador que les permita economizar palabras sin ofender a ninguna de las partes, ya que sería más desnaturalizado decir: mujer y niño buenas.
Esto en el plano puramente formal, porque si nos remitimos a cataduras semánticas, es decir, al significado que adoptan los términos en su uso cotidiano, vamos a caer en la cuenta que ciertas expresiones, que resultan laudables para el varón, poseen sentidos opuestos para el sexo femenino. Para muestra un botón: hombre público: personaje prominente; mujer pública: dama de moral dudosa. Aventurero: osado, valiente, arriesgado, hombre de mundo; aventurera: mujer de la calle.
Cuando pienso en la lengua en la que proso esta columna, me la imagino como una venerable dama que flamea aún con dignidad su estandarte, pese a los vacíos morfosemánticos que ofrece. Estos vacíos tienen relación directa con los homicidios que se perpetran a diario contra el idioma español en ámbitos que no sólo abarcan la cotidianidad del hogar, la parada de buses o el mercado de la tía Panchita, sino también las aulas de clases, las instituciones del Estado y hasta los medios de comunicación.
Siempre he pensado que así como los árboles necesitan una buena poda, abono y control de plagas para florecer, igual nuestro idioma necesita buenos jardineros que sepan dónde y cómo podar y, sobre todo, controlar las plagas que inficionan cada vez más el buen hablar. Sólo de esa manera podremos seguir disfrutando de ese añoso tronco donde todos los hispanos nos sostenemos: la recia y saludable lengua española.

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