El despliegue extraordinario observado en los medios de comunicación con ocasión de la extradición del prontuariado delincuente Erick Moreno, alias “El Monstruo”, desde Paraguay al Perú —helicópteros, decenas de agentes especializados, convoyes, cierres de espacios públicos, logística aérea y terrestre, y la presencia del más alto nivel político—, contrasta de forma brutal con la realidad cotidiana de millones de peruanos que viven bajo la amenaza permanente del sicariato, la extorsión y el crimen organizado, sin una protección efectiva del Estado. Mientras se movilizan recursos excepcionales para trasladar a un peligroso delincuente (líder de la organización criminal “Los Injertos del norte”) ya capturado, neutralizado y bajo custodia, barrios enteros del país permanecen sin patrullaje suficiente, sin inteligencia preventiva y sin capacidad de respuesta oportuna. La exageración del operativo difícilmente parece responder a una evaluación objetiva del riesgo. Más bien, parecería obedecer a una lógica simbólica: mostrar acción, mostrar fuerza, mostrar control. Un control episódico, por cierto, focalizado y esencialmente mediático. En términos de política pública, esto no es eficiente. La seguridad no se construye con eventos excepcionales, sino con presencia sostenida, inteligencia criminal, investigación financiera y desarticulación de redes.

Más preocupante aún es el uso mediático del hecho. La extradición ha sido presentada como una victoria narrativa, casi como un punto de quiebre en la lucha contra el crimen, cuando en realidad no altera de manera sustancial la estructura delictiva que hoy opera en el país. Capturar a una figura emblemática no equivale a desmantelar organizaciones ni a reducir el sicariato que sigue cobrando vidas a diario.

Cuando el Estado concentra recursos de manera desproporcionada en un solo acto y los escatima en la protección diaria de la ciudadanía, envía un mensaje peligroso: que la seguridad es reactiva, teatral y selectiva. La verdadera lucha contra el crimen no necesita escenografías, sino una estrategia seria, proporcional y constante y para ello, necesitamos seguir recibiendo las señales correctas y confiando en nuestra Policía Nacional.