Hay momentos en que no se dispone de una respuesta rápida y efectiva, situaciones en las que apelamos neuróticamente a sacudir nuestra masa encefálica en busca de la réplica demoledora para aquel comentario surgido de lo intempestivo y que nos es lanzado por algún interlocutor provisto de palabras inflamables. A veces nos quedamos mudos. A veces no sabemos qué decir frente a lo irrebatible.
Hace seis años me quedé mudo. No tuve palabras para defender lo indefendible. Ella, de manera muy directa, sentenció la velada sin miedo a la ofensa. No le importó herir la susceptibilidad ajena. Asumo que no lo quería hacer, pero su franqueza pudo interpretarse como insolencia y desagradecimiento. Al menos en esos segundos posteriores a su frase: "Lima es una ciudad horrible". Lo decía una amiga belga, lo decía una mujer que había pasado tres años en este país. Dolorosamente, esos fueron sus últimos pensamientos públicos dedicados a esta urbe con cielo panza de burro. Luego, su avión partió. El retorno no forma parte de sus planes.
Tiempo después pude perdonar semejante afrenta, tiempo después hice memoria de lo que yo mismo pienso de esta ciudad, mi ciudad: su ciudad, querido lector. Yo también he pensado lo mismo: qué fea es Lima, qué ciudad para el olvido. He reventado y reviento de ira por su tráfico, las combis, los tipos que se pasan el semáforo en rojo, o el aplastante abuso de los microbuses: legitimados por la impunidad que la misma ley de la calle les otorga en cada cierre temerario con cualquier automóvil.
Esa es Lima, o parte de lo que sucede en ella. Una ciudad con posibilidades importantes, pero con serios problemas de actitud. Y es que las ciudades no son necesariamente sus edificios; las ciudades son la gente que las habita. Sin embargo, existen voluntades dispuestas a la mejora, al cambio. La noticia de una inversión de más de cinco millones de soles para remodelar el Museo de Arte de Lima (MALI) y convertirlo en un eje para la atracción de turistas en el centro de la capital resulta auspiciosa.
Pero sabemos que las buenas voluntades y las generosas inversiones pueden sucumbir frente a un enemigo que maneja armas mortales día a día, como la desidia, la falta de compromiso y la permanente beligerancia hacia el prójimo. Ser civilizados también es un rasgo de crecimiento; el turista va a exigirlo. Lo contrario será el espanto y la huida de una ciudad ferozmente hostil.

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