“Somos un gobierno joven que está aprendiendo a gobernar”, dijo Juan Jiménez Mayor en junio de 2013, cuando era presidente del Consejo de Ministros y, tal como hoy, arreciaba la crítica de la oposición por el devaneo de la gestión de Ollanta Humala.

La situación no ha cambiado mucho a julio de 2015, y hay quienes visualizan un deterioro insalvable en cuanto al discurso del Mandatario frente a cualquier tema que se le presente en el camino. “Humala acaba su gobierno sin saber lo que es gobernar”, advirtió hace poco Eduardo Dargent.

Y es que, a falta de un año para la renovación del jefe de Estado, ha aflorado con fuerza en Humala su escasa formación política y precaria capacidad de estadista. De otro modo no se explica ese espíritu confrontacional con que a diario gana los escenarios oficiales para “rajar” de los eventuales enemigos opositores, sus repetidas peroratas de candidato pese a que ya está por irse de Palacio, y el poco tino que exhibe para describir hechos coyunturales.

El último sábado, por ejemplo, habló de “porquerías” para referirse a las coimas por la Interoceánica y, luego, terminó de hundir al nadador Mauricio Fiol al decir que “eso (dopaje) sí nos avergüenza”. En su lenguaje no habitan las palabras necesarias para un mensaje equilibrado, mesurado, digerible y en medio de ese pupiletras solo queda espacio para la frase de mal gusto.

Por lo demás, invierte tiempo y energías en defender a Nadine Heredia de las serias acusaciones por sus vínculos con Martín Belaunde Lossio y el dinero que ingresó al Partido Nacionalista. Esta es en parte la factura que debe pagar por cederle tanto protagonismo y dejarse gobernar por ella.