Varios de mis amigos se lamentan porque a sus hijos no les gusta estudiar, otros porque se han enrolado en las pandillas y unos terceros cuentan que sus hijos se dedican a actos condenables por la sociedad, como son el consumo de drogas y delincuencia.
Según ellos, tuvieron mala suerte con sus herederos. Los escucho y paso revista. En el pueblo de Talandracas, donde nací y me crié, la familia no se circunscribía al asunto de sangre. La familia comprendía incluso a las personas con quienes se había establecido amistad sincera durante muchos años. Por lo tanto el brazo protector se presentaba largo y la mano que corregidora era muy amplia y los ojos vigilantes aparecían por todos los lugares, ya estaban en la acequia, en el río, en la chacra, en la cancha de fútbol, en las fiestas, en la escuela.
Cuando una de las partes del brazo, que podía ser la maestra, el tío o el primo del compadre de mi abuelo, nos daba un jalón de orejas porque nos encontraban haciendo travesuras, le pedíamos de favor que no lo comente con nuestros padres. Nunca nos cumplieron con guardar el secreto, porque si callaban y los padres se enteraban por otros medios, se resentían con el que nos corrigió y lo acusaban de encubridor de las malas crianzas.
Pero ese brazo largo, esa mano y esos ojos, cuando hacíamos algo valedero nos felicitaban, nos alentaban. Ahora puede parecer poca cosa recibir de premio un mango grande cáscara verde, un par de naranjas, un paseo en el caballo, una vueltecita en la bicicleta, o que mientras tomaban en el chicherío te llamaran para hablar bien de ti mientras nos tenían abrazados.
Todo esto, sólo es posible entenderlo cuando se vive en un ambiente fraterno. Nunca nos premiaron por ociosos, jamás celebraron nuestra malcriadez y en casa particularmente nos servían un buen tamal siempre que hubiéramos contribuido a su elaboración.
No tengo hijos ángeles, por fortuna soy padre de tres duendes y tres princesas y esa es la mayor riqueza que tengo acumulada de paso por esta vida. Por lo que me permito compartir un caso con mis amigos. Un día que almorzaba con dos de mis duendes, el mayor de todos, me hizo recordar que el día que viajaba para estudiar en el extranjero fui muy duro con él. Cuando me habló, por el tono de voz sentí que a pesar de haber transcurrido diez años del incidente, seguía dolido.
Tratando de evitarlo -porque estábamos almorzando- le dije que no recordaba el suceso y contó delante de su hermano menor que momentos antes que ingresará a la sala de embarque en el aeropuerto, lo lleve hacía un lado, le puse la mano en el hombro y le dije: "Escucha, allá afuera donde vas a estudiar estarás solo, no tenemos familia, ni amigos, por lo tanto eres libre de hacer lo que se te venga en gana, pero no olvides que quien va a estudiar eres tú, y te va a servir en el futuro. Si me entero que no estudias y te estas tirando la plata, te abandono". Acto seguido, recuerda el duende mayor, que lo abracé, besé y acompañé para que pase el control.
Ahora estaba frente a frente y pensaba que después de pasado un buen tiempo y ya todo un profesional, era el momento oportuno para confirmar si lo que le dije aquel lejano día, de verdad lo sentía y lo haría. En otras palabras, quería saber si yo estaba dispuesto a abandonarlo, si sucedía lo contrario al objetivo que él se había trazado. Fue él quien decidió qué estudiar y dónde estudiar, mi obligación radicaba en apoyarlo. La obligación no es infinita, pero también exige resultados.
Para salir del paso, pude responderle que no, pero hubiera sido mentirle. Además nos acompañaba el tercer duende y esa ocasión no la podía desperdiciar. Le di la mano y le dije que si él mismo se fallaba, yo lo abandonaba, porque yo no era su madre, soy su amigo y su padre. Y porque si se la pasaba por alto, tenía que hacerlo con las princesas y los otros duendes y de esa manera sería imposible romper con el círculo vicioso de la pobreza de la familia que nos persigue por más de 120 años. Uno de los elementos que rompe el circulo de la pobreza, es la educación.
Tengo un compromiso con la sociedad, debo aportarle seis profesionales, felizmente ya nos vamos para cuatro, se hace necesario -como dicen las abuelas en mi tierra- que frente a los hijos, los padres debemos tener en una mano la miel y en la otra la hiel.

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