¿Quieren los estudiantes entender cómo piensan realmente quienes gobiernan? No lo lograrán leyendo comunicados oficiales ni analizando discursos escritos por asesores expertos en decir nada. Hay que aprender a escuchar cuando el guion se rompe.
Un ejercicio pedagógico es atender a las entrevistas en vivo y a los discursos improvisados de Donald Trump. No como referente ético o político, sino por exponer sin filtros algo que otros líderes esconden mejor: la lógica cruda con la que el poder toma decisiones cuando no necesita fingir corrección política.
Trump verbaliza en público lo que muchos gobernantes dicen en privado: que los aliados importan mientras sirven, que las reglas internacionales se flexibilizan cuando estorban, que los intereses económicos pesan más que los discursos morales, que la lealtad se compra y la disidencia se castiga. Lo que en otros países aparece años después en documentos desclasificados, aquí surge en tiempo real.
Esto desnuda una ficción de que la política se rige principalmente por valores declarados y buenas intenciones. El poder opera, más bien, por cálculo, presión y correlación de fuerzas. Negarlo no forma ciudadanos éticos, sino ingenuos.
La educación que evita mostrar esta realidad no protege a los estudiantes: los desarma. Enseña a indignarse, a creer en relatos, pero no a analizar comportamientos. Si queremos formar ciudadanos capaces de entender el mundo y transformarlo, debemos enseñarles a escuchar más allá del texto leído. Solo con esa lucidez la vocación transformadora deja de ser consigna y se convierte en acción responsable y democrática.