Todo ves Parca, esperas con celo por mí. Padre feliz, amado esposo, político exitoso, traté de mejorar adiestramiento y material naval, pero cual epitafio muchos sentenciaron que las guerras cosas pasadas son. Ocho de octubre, navegamos frente a Angamos sin encontrar transportes enemigos. Meses en guerra, no puedo dejar de pensar en la educación de mis hijos, único tesoro que les puedo dar. A media madrugada, del sur nos persigue media escuadra chilena: Encalada, Covadonga y Cousiño. Me veo de nueve años sirviendo en mi primer barco, eso fue hace treinta y seis años.

Metros de olas que suben y bajan; corrientes y maquinistas nos impulsan como si fuésemos el titán Helios tirado por su cuadriga. Del norte vienen Cochrane, O´Higgins y Loa. Toda la escuadra enemiga se reúne, obligándonos a aceptar la invitación a una macabra fiesta. Dancemos. Ordeno afirmar nuestra blanca y roja, belleza sin par en los cielos del Pacífico. ¿Bailar sin ti amada Dolores? Gracias a Dios en carta va cómo se despide tu constante esposo que te idolatra y recuerda a cada instante. ¿Recuerdas mi juramento? Te aseguro que los últimos momentos de mi vida serán dedicados a ti y a nuestros hijos.

Mi ayudante, teniente Diego Ferré, canta: son 09:40. Querida Parca, la palabra obliga “si el Huáscar no regresa victorioso, tampoco yo lo haré”. He visto peruanos, desde caletas tumbesinas a Arica, en cuyas pupilas leo esa promesa. ¡Fuego! Nuestros proyectiles impactan al Cochrane, pero nada,... al final, cada combatiente lucha por el hombre a su lado; los movimientos de los tripulantes, parecen gritar ¡decisión y valor, carajo, que viva el Perú! ¿Sacudón?. Silencio. Un instante querida Parca, veo tu oscuro iris, escucho tus palabras que me duermen: tu cuerpo desintegrado está; todo acabó.

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