De un tiempo a esta parte cuando una serie de álgidos problemas deben concentrar la atención de la opinión pública, aparecen las vírgenes que lloran o en este caso los pishtacos saca grasa cuyos orígenes se remontan a la época prehispánica en las imágenes del sacrificador, del verdugo o del hechicero. Tal como lo plantea el libro: "Pishtacos de verdugos a sacaojos", cuyo editor es Juan Ansión, tradicionalmente "?el pishtaco es considerado un personaje muy vinculado al poder de los terratenientes y, enviado por gente de la ciudad-en versiones recientes por el propio gobierno- y que muchas veces aparece como gringo". Su fin consiste en sacar la grasa a sus víctimas cuyo uso varía de acuerdo a diversas épocas y circunstancias: para hacer campanas o remedios, para aceitar maquinas o hasta para cancelar la impagable deuda eterna o perdón, externa.
Cuando niño en Huamachuco recuerdo una anécdota, sucedida aproximadamente a los ocho años de edad. Un ya oscuro atardecer, a eso de las siete de la noche, se produce uno de los acostumbrados apagones de entonces. A los cinco minutos tocan con extrema desesperación la puerta de casa, corro a abrir antes que se la tiren al suelo. Se trata de la amiga y prima de la empleada doméstica que, a gritos, exige su inmediata salida. ¡Apúrate china, alista tus cosas, apúrate? que se vienen los pescadores, se vienen los pescadores!
El asunto es que muchos pobladores del campo creen que, el intempestivo corte de la energía eléctrica, se debe a la falta de grasa humana para las máquinas. En consecuencia, los habitantes de la ciudad salen a capturar y matar a los campesinos y así subsanar esa escasez. Sin duda, en estas creencias se reflejan las históricas contradicciones ciudad-campo, una desconfianza frente al mundo exterior, el mundo dominante. Así como los psihtacos sacan la grasa, símbolo vital de las sociedades agrarias basadas fundamentalmente en la capacidad del trabajo, los "sacaojos" en los barrios periféricos de Lima y, que se presentaron años atrás, versión urbana de los pishtacos, extraen el símbolo del conocimiento, la apropiación de la modernidad occidental.
Que, en pleno Tercer Milenio, aun como sociedad sigamos hablando de pishtacos, ahora dizque la grasa es para vender al extranjero a fabricantes de cosméticos, no hace sino, en primera instancia, distraer a la opinión pública y, asimismo reflejar que aun como sociedad no hemos sido capaces de superar las contradicciones entre lo rural y urbano, entre el campo y la ciudad, lo endógeno y exógeno y nuestro problema étnico. Aspectos que no permiten concretar la posibilidad de un país con un proyecto nacional que incluya a "Todas las Sangres", a todas las razas. En suma, este Perú, debe seguir siendo ancho pero, ya no tan ajeno para las mayorías.

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