Faltan pocas semanas para el 4 de octubre y ya sabemos, otra vez, cuál es la fórmula: Rafael López Aliaga no compite, incendia. Mientras Lima comenta el tráfico infernal, sus renuncias, las demandas millonarias contra la Municipalidad, los trenes inservibles y la inseguridad ciudadana, él prefiere el ring de las redes, donde reparte etiquetas como caramelos. A sus dos rivales más visibles, Francis Allison y Carlos “Techito” Bruce, los bautizó juntos “candidatos de Odebrecht” —sin una sola prueba— resucitando un caso viejo que a él no lo salpica. A Bruce, además, lo convirtió en su costal de boxeo preferido: “peligro para la decencia”, amenaza de la “ideología de género”, un discurso que varios medios calificaron de homofóbico, porque prioriza su orientación sexual sobre su gestión. No discute ideas; discute orientaciones sexuales. Ese es su nivel.
Y mientras insulta, ejecuta la jugada maestra: como no podía repetir como alcalde, se inscribió como teniente alcalde en la fórmula de Renovación Popular, encabezada por Luis Rubio. Bruce ya lo llamaba en junio “fraude a la ley”: Rubio asumiría el cargo para luego cederle el sillón a López Aliaga por la puerta falsa. Y ¡Bingo! fue peor: el 4 de agosto Rubio renunció “por razones estrictamente personales”, y sin candidato a alcalde, el cargo recaería en el primer regidor de la lista —él—. Ya no es una apuesta: López Aliaga es, a la fecha, el candidato de facto a la Alcaldía de Lima, y prensa y rivales bautizaron la criollada como “reelección encubierta”. La última palabra la tiene el JEE, que rechazó las tachas contra Bruce y Allison, pero mantiene abierto el periodo de impugnaciones contra la lista de López Aliaga. Si el fallo no le conviene, ya sabemos el número que viene: el mismo que montó al perder la presidencial, entre insultos al JNE, la ONPE y llamados a la insurgencia.
Insultar y tensionar los límites del debate público es su marca registrada. Lo insólito es que un sector no menor de limeños, dizque “educados, cultos y de buena familia” —esos que se escandalizan por una mala palabra, pero aplauden cada exabrupto suyo en las redes— siga comprando el espectáculo y defendiendo lo indefendible.
Ahí está la verdadera estupidez. No es la de López Aliaga, que actúa exactamente como siempre. Es la de quienes, sabiendo perfectamente quién es y cómo hace política, insisten en premiar su concurso esperando un resultado distinto.
En fin, esta vez los órganos electorales tienen la oportunidad de actuar como corresponde. Ojalá la aprovechen, porque la treta de vaciar la alcaldía a medio camino para que el ex alcalde se quede con el sillón no es una rareza de López Aliaga: se repite en más de un municipio del país. Y los ciudadanos?… espero que conserven la memoria.