La proclamación de hoy de Keiko Fujimori como ganadora de la segunda vuelta presidencial no representa una meta alcanzada, sino el inicio de una tarea mucho más exigente. El Perú necesita liderazgo, gestión y resultados. La esperanza expresada en las urnas solo tendrá sentido si logra traducirse en seguridad para las familias, oportunidades para los jóvenes, crecimiento económico y fortalecimiento de las instituciones. El tiempo de la campaña ha terminado. Ahora comienza el tiempo de cumplir.
Aunque la entrega de credenciales está prevista para las próximas semanas, no hay razón para esperar. El nuevo gobierno debe activar desde ahora sus equipos de transición, coordinar con las autoridades salientes y empezar a diseñar una agenda de emergencia que permita enfrentar los problemas más urgentes del país. La delincuencia avanza, la economía requiere mayor dinamismo, los servicios de salud muestran profundas carencias y millones de peruanos esperan señales concretas de que las cosas pueden mejorar.
El Perú ha vivido en los últimos años una constante sensación de frustración política. Gobiernos han ido y venido, presidentes han pasado por Palacio de Gobierno y los problemas estructurales han permanecido prácticamente intactos. En demasiadas ocasiones se cambiaron los nombres, pero no las soluciones. Esa es precisamente la trampa que el próximo gobierno debe evitar. La ciudadanía no espera un simple relevo de autoridades; espera resultados que impacten positivamente en su vida cotidiana.