Uno. La pandemia global de los celulares está convirtiendo a muchos de nuestros hijos en zombies incapacitados para el autocontrol y la razón. La inteligencia artificial es capaz de potenciar este peligro. Ciertamente, la tecnología es un instrumento y como todo instrumento puede ser utilizado de manera positiva o negativa. Nuestra naturaleza caída potencia la dependencia y hace más grande el problema. Por eso, el Estado debe intervenir mediante una fuerte campaña educativa que fomente la construcción del carácter de los jóvenes, un carácter sólido capaz de identificar la verdad, la belleza y la justicia en medio del ruido relativista, un rumor creciente que nos quiere animalizar.

Dos. Las ideologías maniqueas que buscan destruir la peruanidad tienen un denominador común: su antropología es atea o agnóstica. En el fondo, se trata de un retorno a la gnosis, una especie de libertad luciferina que transvalora los valores hasta destruirlos. Este anarquismo por fuerza se traduce en una pulsión revolucionaria. La revolución no es solo económica o política, también es cultural y ética. Así, lo malo se presenta como bueno y lo bueno se categoriza como inútil. La cosificación del ser humano genera una civilización de la muerte, una ciudad neopagana donde el hombre es un medio y no un fin, un medio de satisfacción, de muerte e incluso de dolor. Por eso, toda regeneración política parte de la revalorización de la dignidad humana. Si la política ignora esto, ara sobre el mar.

Tres. No solo las ideologías desintegran al Estado. También las pulsiones personales, los apetitos egoístas que pretenden imponerse al bien común. Esto sucede con frecuencia en la política que no es más que la prolongación fáctica de la debilidad humana. Por eso, la díada amigo-enemigo sirve para analizar las victorias y los fracasos partidistas. Ganar enemigos es perder aliados hasta la indefensión.