Hay fechas y cosas que jamás se olvidan porque quedan grabadas en nuestra memoria de manera indeleble. Un 2 de abril, unos comuneros de Ilave llamaron a la oficina de Correo Puno denunciando que los opositores y la gente de Cirilo Robles Callomamani -entonces alcalde de esa ciudad- se liaron a golpes, luego de una controvertida audiencia pública. Desde ese momento, el municipio fue sitiado y no fue despejado hasta 3 meses después.
La mañana del 26 de abril, el osado burgomaestre -inexplicablemente catedrático de sociología en la UNA- urdió una sesión de concejo para que los regidores de oposición, que ya eran mayoría, no lo vacaran.
La turba, que desde hacía 24 días permanecía en sus trece en la Plaza de Armas de Ilave, se volcó a ese cónclave, sacaron de la reunión a Cirilo y atacaron a sus concejales y seguidores. Fue llevado a empellones a la plaza principal; en su tránsito, era hostilizado, insultado y ultrajado. Horas después la turba le dio muerte, como en la novela "Fuente ovejuna" .
Han transcurrido más de 6 años y 8 meses, y esas escenas aún no se aclaran. Muchos acusados, responsables mediatos con justa razón, y otros sumados al proceso porque no había de dónde agarrar, aguardan su sentencia. Ninguno tiene una condena; a unos se les acuña culpabilidad y otros especulan inocencia.
Recuerdo que esa terrible mañana, Marina Cutipa se reunió con el fiscal decano del Ministerio Público de Puno, Manuel Torres Quispe, a quien le solicitó ayuda para que rescaten a su marido. Éste corrió traslado al entonces jefe de la Subregión Policial Puno, coronel PNP Raúl Becerra Velarde (hoy DIRGEN), quien no hizo nada sino hasta después de las 18:00 horas, cuando la comisaría de Ilave había sido incendiada y destrozada.
Desde Lima, el ex ministro del Interior, Fernando Rospigliosi, trataba de calmar las aguas, como lo saben hacer los virolos de la capital.
Como sabrán, esta parte del Perú profundo sigue mendigando por algo que merecen. La impotencia del puneño rasguña esa justicia, tan esquiva, como la maldición de ser provinciano... aquí es donde nace el Perú. ¿De qué nos sirve?
Ojalá que desde Lima entiendan que en esta patria emergente hay cientos de ilaves; que los atisbos de convulsión social se agrandan con las diferencias que se cavan desde la gran capital y desde los pequeños centralismos.
Mientras el concepto de justicia no se descentralice, el Perú seguirá siendo un país en borrador, como lo grafica Eduardo Galeano en "Las venas abiertas de América Latina". Aquí todavía hay un río abierto de dolor en busca de su cauce.

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