Es una deuda de años que tengo con Juan Gonzalo. Fui -como diría el poeta chimbotano Dante Lecca- amigo de versos, andanzas y tragos. ¡Óyeme donde estés: por esta herida no solo sale sangre, me salgo yo! (1)
El testimonio que presento es un homenaje a Juan Gonzalo. No soy escritor, ni crítico, y menos poeta. Solo quiero compartir lo que siento y lo que viví, con él y de él, después de 26 años de su partida. En todo caso, me gustaría desmistificar la tristeza del poeta y resaltar su gran sentido del humor, su apego al amor y la vida.
San Marcos: nudo de inquietudes, plaza de victorias
Tenía 20 años cuando conocía a Juan Gonzalo. Había ingresado recientemente a la UNMSM, a la Facultad de Economía, donde, en uno de sus baños, rezaba una famosa frase de Rose: "San Marcos: nudo de inquietudes, plaza de victorias".
Cuando lo tuve por primera vez al frente mío -me lo presentó un amigo mío que vendía naranjas en el supermercado TODOS, al costado del famoso Snack Bar "El Ovni", donde el poeta solía frecuentar los últimos años de su vida- le conté lo que esa frase había generado en mí como cachimbo de San Marcos. Después de un extenso monólogo sobre lo mismo ?en el que solo yo hablaba-, se paró y antes de irse me contestó: "La poesía es la unidad perfecta: mitad de quien lo lee y mitad de quien lo escribe".
En ese momento recordé un poema suyo: "Ya estoy purificado, poesía./ Ya podemos mirarnos a los ojos/ como en la tarde de la luz aquella:/ Yo jugaba la ronda entre chiquillos,/ y tus manos, temblando, me eligieron."
No había terminado de matricularme hasta que, en una osadía por hacer de la frase de Juan Gonzalo una consigna de los sanmarquinos, (y de protesta contra las pintas de Sendero Luminoso), pinté el muro de la vergüenza con las letras más grandes que pude. Presumo que SL no tocó "la pinta" porque, no sólo terminó gustándoles, sino que, además, cayeron en la cuenta que podía generar cierta mística en los estudiantes sanmarquinos. Cuando le conté esta anécdota a Rose, terminó riéndose: "Yo creo que le gustó la idea a los camaradas".
La ternura de la poesía de Juan Gonzalo: cuerpo, mente y corazón.
Confieso que hasta ese momento no había leído nada de Rose, tampoco me gustaba la poesía; sin embargo, su forma sencilla y tierna de escribir me atrapó para siempre. Lo extraordinario de su poesía es la forma cómo te captura, al mismo tiempo, mente, cuerpo y corazón. Quien lee la poesía de Juan Gonzalo, queda atrapado en su "exacta dimensión": "Me gustas porque tienes el color de los patios/ de las casas tranquilas?/ y más precisamente:/ me gustas porque tienes el color de los patios/ de las casas tranquilas/ cuando llega el verano?/ Y más precisamente:/ me gustas porque tienes el color de los patios/ de las casas tranquilas en las tardes de enero/ cuando llega el verano?/; y más precisamente:/ me gustas porque te amo".
A quién no le atrapa el cuerpo con la simpleza y lo musical de "Círculo": "Estoy/ tan suave/ ahora/ que si alguien reclinase su rostro sobre mi alma/ bastante me amaría/ Contemplo/ en el alto silencio de los cielos/ la música del amor/ y la antigua tertulia de sus leños./ Estoy/ tan triste ahora/ que si alguien se acercase/ me amaría./ Primera noche en el Perú./ Y busco amor./ Como en todas las noches de mi vida".
O el corazón con la ternura de la poesía dedicada a Marisel, hija de Juan Gonzalo, producto del amor en el exilio en México (2): "Yo recuerdo que tú eras/ como la primavera trizada de las rosas,/ o como las palabras que los niños musitan/ sonriendo en sus sueños/ .../ Y ahora, Marisel, la vida pasa/ sin que ningún instante nos traiga la alegría.../ Ha debido morirse con nosotros el tiempo,/ o has debido quererme como yo te quería".
Y de la mente en "Eglota tarda", dedicado a su amor imposible, el tiempo y la esperanza, cuando a modo de explicación solía decir a sus amigos: "La esperanza es lo último que se pierde cuando se ha perdido la última esperanza".
"Me he acostumbrado a ti/ como los ríos al color del cielo./ Odio lo que se pierde en cada paso;/ el tiempo de mi espera, sin esperanzas lleno./ Me he acostumbrado a ti/ como la luz del mundo a las ventanas./ Obscurece y no llegas/ Será para mañana/ Doblo amorosamente mi flor para mañana/ pues las rosas ya saben esperarte conmigo/".
La ironía y la tristeza de Rose
Han pasado 30 años desde que lo vi por primera vez y 26 años de su muerte. Me impresionó, más que su tristeza, de la que todo el mundo habla, su gran sentido del humor, contagiante, que iluminaba su rostro oscuro cada vez que una de sus ocurrencias se convertía en una anécdota histórica. Sólo en él podían caber perfectamente la tristeza y la alegría juntas, sin que una se sobreponga ni saque ventaja a la otra.
Confieso, sin vergüenza alguna, que así como me dio alguna vez el título de poeta, cuando le hice una pregunta, media kafkiana -según él- me lo quitó sin piedad, apenas leyó algo que escribí. Me creí lo de poeta, a pesar que hasta ese momento no había producido ni un solo verso, y empecé a escribir como loco. Una vez redactados como veinte poemas, escogí uno -según yo, el mejor- y se lo entregué para que lo revisara. Demoró como una hora antes de emitir su veredicto. ¿Cantas? -me interrogó. Conociendo su fama de compositor, pensé que quería ayudarme a realizarme como cantautor. Le dije que sí, y me contestó: "¡Mejor dedícate a cantar!".
Una anécdota me la contó Juan Cristóbal ?uno de los mejores poetas vivos que tiene el Perú? en una tertulia interminable sobre Juan Gonzalo. "Una vez en El Jinete -un bar de la Av. Brasil que solíamos frecuentar con Rose- un abogado jodía insistentemente para que Juan Gonzalo le recitara uno de sus poemas, y él le contestó: "Está bien, pero primero recítame el Código Penal". Su genialidad era inagotable -proseguía-, recuerdo también que una vez un búfalo aprista le pegó a un profesor de izquierda por haberlo dejado mal parado en un debate sobre Haya y Mariátegui. A Juan Gonzalo, que en esa época era el encargado de poner los titulares al diario Expreso, no se le ocurrió mejor idea que poner en primera portada: "Búfalo vil agrede a profesor", haciendo referencia irónica al famoso Buffalo Bill.
Recuerdo, también, otra anécdota que me contó el gran Washington Delgado: "Juan Gonzalo había organizado en el INC una exposición de pintura, de una joven pintora, sobre José Carlos Mariátegui. Sandro -hijo de Mariátegui y diputado de la nación por esa época-, asistió a la exposición y sin saludar siquiera a la expositora, empezó a examinar minuciosamente cada uno los cuadros. Terminado su cometido, sin el menor reparo y respeto a la pintora, sentenció: ?¡Estos cuadros no se parecen a mi padre!?. Juan Gonzalo le respondió inmediatamente: ?¡Usted tampoco!?".
Sabía cómo zafarse de la gente elegantemente. Una vez en "El Ovni" un grupo de estudiantes de la Universidad de Lima le hacían una entrevista. Él había pactado una hora y los estudiantes se habían sobrepasado largamente el tiempo previsto y mostraba cierta incomodidad. Uno de los estudiante se percató de ello y le preguntó: "¿Le molesta algo, profesor?". "Sí, -le contesto ? ¡las entrevistas largas!".
Comparto la idea de Carlos Sotomayor en el sentido que la leyenda había dibujado en torno a él no sólo la idea de un bebedor impenitente, amante de la tertulia bohemia, sino también la de un poeta secuestrado por la tristeza. Quizás por aquella aura de solitario que ostentó en su vida ?casi como un apostolado? o por los rasgos melancólicos de muchos de sus poemas, como en cartas secuestradas y Ojos del sabio: "Tengo en el alma una baranda en sombras./ A ella diariamente me asomo, matutino,/ a preguntar si no ha llegado carta;/ y cuántas veces/ la tristeza celebra con mi rostro sus óperas de nada./ Una carta./ .../ Muertos los de mi infancia/ que se fueron dormidos entre el humo de las flores,/ novias que se marcharon/ bajo un farol diciendo eternidades,/ amigos hasta el vino torturado:/ ¿no hay una carta para Juan Gonzalo?/".
"He gastado en mirar, miradas largas;/ en amar, largas vidas largas;/ y en alegría nada./ Ya es hora de sentarme a la sombra de un libro./ Y ser niño./ Por haberme ausentado de la infancia/ un sauce está llorando/ en todos los espejos de mi casa".
Juan Gonzalo y la justicia social
No puedo dejar de mencionar que su espíritu revolucionario y apego a la justicia social lo acompañó hasta los últimos días de su muerte. A mi hermano mayor -hombre de izquierda del PCP de esa época- le hizo una dedicatoria en un libro que le regaló, meses antes de su muerte: "A José Failoc, con la misma esperanza, fraternalmente: Juan Gonzalo Rose". Recordó sus días en México con el "Che", y que casi se embarca en la aventura de acompañarlo por América Latina para hacer la revolución.
Gran parte de su poesía está dedicada a cantarle a la rosa y la justicia, el mar y la justicia, la justicia y la luz. Carta a María Teresa es la mejor evocación a la justicia social: "Para ti debo ser, pequeña hermana,/ el hombre malo que hace llorar a mamá./ .../ ¿Por qué he debido amar/ la rosa y la justicia,/ el mar y la justicia,/ la justicia y la luz?/ .../ Mas una tarde, hermana,/ te han de herir en la calle/ los juguetes ajenos;/ la risa de los pobres/ ceñirá tu cintura/ y andando de puntillas/ llegará tu perdón/ .../ Cuando esa hora suene/ y se empadrine en padre mi orfandad,/ iremos de la mano/ por las calles de Lima,/ en trinidad de gozo:/ la risa de mamá".
En la pregunta, Juan Gonzalo expresa, reitera, se revela subliminalmente, como en otros poemas, frente a la inequidad y injusticia social: "Mi madre me decía:/ si matas a pedradas los pajaritos blancos,/ Dios te va a castigar;/ si pegas a tu amigo,/ el de carita de asno,/ Dios te va a castigar,/ si no pegas al negro,/ si no odias al rojo,/ Dios te castigará/ Era el signo de Dios/ de dos palitos,/ y sus diez teologales mandamientos/ cabían en mi mano,/ como diez dedos más./ Hoy me dicen:/ si no amas la guerra,/ si no matas diariamente una paloma,/ Dios te castigará;/ si al pobre das ideas/ en vez de darle un beso,/ si le hablas de justicia/ en vez de caridad,/ Dios te castigará./ Dios te castigará./ No es este nuestro Dios,/ ¿verdad mamá?".
Juan Gonzalo y la muerte
Como todos, Juan Gonzalo le tenía miedo a la muerte. La tenía cerca, conversaba con ella, la quería, la evocaba, pero le temía. Sus últimos días recordaba "Tocata y fuga": "Te busco, Muerte. Te busco/ y no te encuentro./ Entre la nada te busco/ y te busco/ entre la gente./ Y no te encuentro./ Pero cuando tú/ me busques.../ todo será diferente".
De hecho su sensualidad, aun cuándo era consciente de la cercanía de la muerte, no la perdió nunca: "Dame tu mano entonces,/ quiero morir tocando/ el extremo más dulce de la tierra".
La última vez que lo vi con vida fue un par de días antes del 12 de abril. Me había pedido que cerrara la puerta por afuera. Me expulsó de su cuarto cuando arrojé por el baño una botella de licor y un par de cajetillas de cigarros que le había traído uno de sus amigos a cambio de una entrevista que Rose jamás pudo cumplir. Solo Julio Heredia, poeta y amigo personal, que estuvo hasta el final, pudo grabar sus últimas palabras, que aún explotan en mi memoria.
(1) Extraído de "Los Adioses". Manuel Scorza.
(2) Desconozco las razones por las que responde -en una entrevista que le hace César Hildebrandt- que Marisel no era una persona de carne y hueso, y que es la amada ideal que todos tenemos.

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