Mañana se cumplen 49 años desde aquel 31 de mayo de 1970 en que el Perú vivió el más trágico episodio de la furia de la naturaleza que registra nuestra historia. Cerca de 75 mil personas murieron por el terremoto de 7.9 grados seguido por el desprendimiento de una ciclópea parte de hielo de la parte norte del nevado Huascarán que formó una indetenible masa con lodo y piedras que arrasó en su estrepitoso paso con todo lo que se pusiera en su camino, sepultado en segundos a toda una ciudad entera: Yungay. El aluvión nos dejaría para siempre el trauma andino de perder tantas vidas humanas en instantes. Sobrevivieron cerca de 300 personas, entre niños y adultos, por hallarse en las partes altas de la ciudad: el cementerio. Los que hasta allí pudieron llegar eran niños que se encontraban en una tarde dominical circense y otras personas que se hallaban en el lado opuesto al alud. El terremoto puso a prueba el principio de solidaridad internacional, cuyo resultado realmente fue admirable. Rescatistas, médicos y paramédicos de los cinco continentes se hicieron presentes para encontrar sobrevivientes de los que se tenía poca esperanza por el embalse total de la ciudad, donde solamente 4 palmeras quedaron como testimonio de una sepultura no deseada y un proceso de reconstrucción costosísimo que debió centrarse en los sobrevivientes. De hecho, muchos niños perdieron a sus familias completas y fueron adoptados por otras de buena voluntad de diversas partes del mundo. Una consecuencia de la tragedia fue la creación en 1972 del Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) -dependiente del Ministerio de Defensa-, que viene cumpliendo, a mi juicio, una extraordinaria labor. Los peruanos aprendimos de ese tristísimo episodio y en los últimos tiempos asistimos a acertadas políticas de gestión de desastres; sin embargo, aún falta llegar a una toma de conciencia nacional mayoritaria sobre cómo debemos encarar los infortunios como el de Yungay y otras ciudades de Áncash, que ni la furia futbolera por nuestra participación en el Mundial de México 70 pudo aplacar el llanto que nos sumía por los incontables muertos del terremoto. El simulacro nacional de mañana es una oportunidad para demostrarlo.
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