La madrugada del 3 de enero de 2026 se sorprendió a Venezuela y al mundo con la detención de Nicolás Maduro, y su traslado a los EE.UU. para ser juzgado por narcotráfico y tráfico de armas. El operativo militar que culminó en su captura abre un nuevo escenario político cargado de expectativas, pero también de incertidumbre.
El hecho marca un hito en la historia reciente del país. Tras años de crisis económica, sanciones internacionales y migración masiva, la caída de Maduro no representa el desenlace definitivo, sino el inicio de una etapa de transición que exige responsabilidad y visión de futuro.
La oposición, que durante largo tiempo reclamó elecciones libres, enfrenta ahora la oportunidad de demostrar madurez política. Su desafío será articular un proyecto nacional que trascienda las diferencias internas y atienda las urgencias sociales de Venezuela.
La comunidad internacional observa con atención. Organismos multilaterales y gobiernos vecinos han insistido en que cualquier transición debe realizarse con respeto al Estado de derecho y a los DDHH. En este contexto, el presidente Donald Trump declaró que EE.UU. está dispuesto a asumir un rol de gobernanza (administración) temporal en Venezuela “hasta lograr una transición segura”, una postura que refleja tanto el interés estratégico como la presión externa sobre el futuro político del país.
El operativo que culminó con la captura de Maduro abre un horizonte de esperanza, pero también de desafíos. El futuro dependerá de los actores internos, a fin de transformar este momento de quiebre en una oportunidad de reconstrucción democrática y social. Maduro es parte del pasado inmediato; lo que está en juego ahora es si Venezuela sabrá escribir un futuro distinto.