Más del 80% de la comunicación es no verbal. Ello significa que el peso de cómo decimos las cosas es tan o más importante que lo expresado. En 1967, Mehrabian y colegas, estudiosos de la Comunicación, llegaron a la conclusión de que la comunicación consistía en 55% de lenguaje corporal, 38% tono de voz y solo 7% de lo que decimos verbalmente. Esta forma de entender la comunicación respondía a un contexto específico, en el que había inconsistencias entre lo que se dice y cómo se dice.
Es decir, cuando decimos que estamos contentos, pero nuestra cara se ve acongojada y nuestro cuerpo reducido, pesa más nuestra postura corporal, tono de voz y expresión, que lo expresado verbalmente. Y es que la coherencia es central al comunicarnos.
En esta línea, la investigadora Amy Cuddy de Harvard encontró que, al practicar posturas de “poder” antes de un evento, la confianza de las personas aumentaba, logrando que su actuación sea más efectiva. Todos podemos aprender esta técnica e integrarla en nuestra vida cotidiana. En el siguiente link, pueden encontrar una charla de Cuddy en la cual comparte sus hallazgos: https://bit.ly/2LXTScc.
En la escuela, nos encontramos en un espacio privilegiado para ensayar nuestra comunicación y aprender a ser coherentes entre lo que decimos, cómo lo decimos y con qué tono de voz. Para ello, debemos moldear esta competencia. Algunos tips útiles son mantener una postura erguida, evitar doblar los brazos o escondernos detrás del escritorio, desplazarnos por el salón de clases, ser conscientes de nuestra expresión facial, establecer contacto visual con nuestros alumnos, sonreír, extender las manos con las palmas hacia arriba para mostrarnos abiertos a preguntas, sentirnos cómodos con los silencios y permanecer en actitud de escucha. Trabajar nuestro lenguaje corporal y el de nuestros estudiantes permitirá que desarrollen habilidades que les serán provechosas durante toda su vida.


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