En el Perú, la derecha lleva décadas perfeccionando el arte de equivocarse. Cambian los nombres, cambia el peinado, pero no el problema de fondo: una incapacidad casi artística para entender a la gente. Mario Vargas Llosa y Rafael López Aliaga son ejemplos visibles. El mal nació con el primero y se consolida con “Porky”.
Vargas Llosa: brillante, lúcido, respetado en medio mundo… y completamente atrapado en su propio espejo. En 1990, mientras explicaba su Perú —ordenado, elegante, lógico— el país real, desordenado y emocional, simplemente no se sintió parte de esa explicación. El Nobel llegó después. Los votos, nunca.
López Aliaga, 36 años después, hace exactamente lo contrario… y se equivoca igual. No hay exceso de argumento: hay déficit de empatía. Todo es impulso, grito e insulto. La política entendida como ring, no como construcción.
Uno pecó de soberbia ilustrada. El otro, de una desconexión emocional que roza lo clínico. Pero ambos expresan el mismo defecto: la autosuficiencia como identidad, el desprecio como método. Una derecha de egos impermeables no se desconecta solo de la gente, se desconecta de sí misma. Lo que queda son pequeños reinos incapaces de sumar.
Ahí aparece la excepción incómoda: Alan García. Tenía los mismos “defectos” —ego desbordado, convicción de ser el más inteligente en la sala— pero él, probablemente tenía razón. Conocía la historia, leía la política con una profundidad que sus rivales no imaginaban. Y eso le daba algo que los otros no tienen: podía permitirse la arrogancia porque la sustentaba con algo concreto.
García no enfrentaba al país, lo seducía. Sabía que la política es un vínculo emocional, no un debate académico ni una pelea de esquina. El país puede tolerar la soberbia. Lo que no tolera es el desprecio. Puede perdonar el ego. Lo que no perdona es no sentirse visto.
En ese paisaje, Fuerza Popular mantiene una consistencia distinta: capacidad para aglutinar y pragmatismo para dialogar. El Perú sigue siendo el modelo económico más estable de América Latina, y ese piso lo pusieron reformas que el fujimorismo consolidó. Votar por Keiko Fujimori —a pesar de sus detractores y del San Benito de perdedora— sigue siendo la única opción real de una derecha que se fragmenta sola.
De lo contrario, seguirá siendo la eterna invitada que llega con ideas y se va sin los votos. Otra vez.




