La homosexualidad cada vez tiene más adeptos para comprender su situación de estado de naturaleza.
La anquilosada transversalidad de marginación social que ha tenido que soportar ha comenzado a ceder paso a la tolerancia. Esa es una innegable realidad. Las recientes declaraciones del presidente estadounidense Barack Obama, en el marco de la visita de Estado que realizó a Kenia, la tierra de su padre, llamando a un tratamiento en igualdad de derechos a los homosexuales, es una muestra más de que los líderes del mundo están viendo el asunto desde una perspectiva realista, sin ningún tabú de por medio.
Junto a Obama, el papa Francisco ha dicho desde una reflexión realista que debemos dejarnos de hipocresías y mirar a los hombres y mujeres en sus diversas manifestaciones humanas con los ojos de amor que corresponde a toda visión cristiana del mundo y de la vida.
Por mucho tiempo se creyó que la homosexualidad era una aberración humana y, por tanto, un pecado mortal que solo podría conducir a los hombres a las calderas del infierno eterno. Los que así eran reconocidos sufrieron el ensañamiento de una sociedad que no los comprendió.
Hoy no existe un especialista serio que diga que la homosexualidad sea el oprobio de la humanidad. La homosexualidad conlleva algo más de una conducta promovida por el eje social, se trata de un estado de naturaleza, ¿pero qué es eso? Pues que algunos hombres y mujeres, en alguna etapa de su estadio de generación cromosómica adquieren esta condición.
Lo que estoy diciendo es que hay personas -hombres o mujeres- que nacen en esa condición natural donde no ha intervenido para nada el ambiente social. Así fueron “hechos” por la naturaleza y eso es lo que debemos comprender y respetar, pues existen homosexuales que pueden ser más morales que un heterosexual.



