En mucha mayor proporción que otras actividades económicas,
la producción agraria tiene resultados que van más allá del valor intrínseco de los bienes producidos.
Hoy nadie duda que la agricultura y la ganadería (1) son actividades descentralizadoras: En un mundo en el que la corriente mayoritaria es hacia la urbanización, despoblando los campos y concentrando problemas en las grandes urbes, la producción agraria - por su propia naturaleza- arraiga a las poblaciones en zonas rurales descentralizadas. Por otro lado, también está ampliamente probado y aceptado que (2) el agro genera gran cantidad de puestos de trabajo.
Si bien esto no es necesariamente cierto para los cultivos masivos y altamente tecnificados en el primer mundo (trigo, soya, maíz, sorgo, etc.) sí lo es para el caso de cultivos de pan llevar, frutas, verduras, menestras, cereales o tubérculos en nuestra realidad tecnológica. Asimismo, la actividad agraria, cuando es realizada con responsabilidad, (3) ayuda a preservar el medio ambiente: El mantenimiento de los cauces de los ríos, el sembrío de coberturas, el uso racional del agua y suelo, la forestación de laderas y quebradas altas preservan al campo de su desertificación.
En contrario, su abandono, la tala extractiva e indiscriminada de árboles, o la quema de bosques húmedos para convertirlos en pastizales aumentan el ritmo de desertificación en el planeta. Otro «producto» de la actividad agraria es que (4) inicialmente emplea mano de obra poco calificada.
A diferencia de actividades industriales o de servicios (turismo por ejemplo) en las que se requiere mano de obra más calificada, el agro es capaz de emplear inicialmente grandes porciones de una población con escasa educación formal. Esto es muy importante en sociedades en etapas iniciales de desarrollo.
Otro elemento importante dentro de la multifuncionalidad del agro tiene que ver con el género: (5) es capaz de emplear un alto porcentaje de mujeres, con las consabidas ventajas en términos de educación y salud familiares que ello implica. (Léase al respecto los estudios de correlación de indicadores de salud y educación e ingreso del jefe de familia por género, tanto de la UNICEFF como de la OMS.)
Finalmente, el agro, al asentar la vida rural, descentralizada y originaria, (6) ayuda a preservar las culturas tradicionales. Sería difícil entender -aun hoy- la cultura del cow boy en los EEUU, sin la existencia de un agro que lo sustente. De manera similar la pachamanca, el pago a los Apus, los rituales de los solsticios, las fiestas comunales, las champerías y toda la organización social que surge alrededor del campo no se podrían preservar en un ambiente solamente urbano.
Es por estos motivos, entre otros, que las sociedades europeas, norteamericana, y japonesa dibujaron desde inicios del siglo pasado mecanismos de ayuda y apoyo a sus respectivos agros. Por su multifuncionalidad social. Por su capacidad de producir más que kilos o toneladas de producto. Y es por eso que el Perú debe avanzar en esa línea apoyando adrede, con recursos fiscales, con legislación promotora, y con crédito adecuado y responsable la producción agraria.
En particular la de la sierra y selva y más en particular la de las cadenas productivas que reorganicen el desastre causado por la Reforma Agraria. No tiene nada que ver este apoyo que el agro requiere y merece con la iniciativa del congresista Saavedra para que los peruanos paguemos las deudas del RFA (Rescate Financiero Agrario, iniciado en el año 2,000) de 7,000 deudores de los bancos privados.
El agro no necesita malos pagadores, ni que se le vea como actividad perromuertera. Los únicos beneficiados -de prosperar la iniciativa,- serían los 7,000 deudores privados, cuya mayoría viene de antes del año 2,000 y los bancos privados, los que habiendo ya realizado la provisión de esas malas deudas, ahora las canjearían por deudas del Estado eliminando su riesgo y generando utilidades. Apoyemos al agro, no a los «Pepe el Vivo.»