Nuestra civilización occidental tiene su punto de partida en Grecia. Lo que quiere decir que los griegos iniciaron para nosotros una formidable revolución espiritual que fue condensada magistralmente por Pericles en su famosa oración fúnebre en honor a los caídos durante la Guerra del Peloponeso:
"Nuestra administración favorece a la mayoría y no a la minoría; es por ello que la llamamos democracia. Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se le prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino de reconocimiento por sus virtudes. La libertad de que gozamos abarca también la vida corriente; no recelamos los unos de los otros, y no nos entrometemos en los actos de nuestros vecinos. Amamos la belleza sin dejarnos llevar de las fantasías, y si bien tratamos de perfeccionar nuestro intelecto, esto no debilita nuestra voluntad. Nuestra ciudad tiene las puertas abiertas al mundo, jamás expulsamos a un extranjero y nunca olvidamos que debemos respetar las leyes y proteger a los más débiles. También se nos ha enseñado a observar aquellas leyes no escritas cuya sanción sólo reside en el sentimiento universal de lo que es justo. Admitir la propia pobreza no tiene entre nosotros nada de vergonzoso; lo que sí consideramos vergonzoso es no hacer ningún esfuerzo por evitarla. No consideramos inofensivos, sino inútiles, a aquellos que no se interesan por los asuntos públicos; y si bien sólo unos pocos pueden dar origen a una política, todos somos capaces de juzgarla. No consideramos la discusión como un obstáculo colocado en el camino de la acción política, sino como un preliminar indispensable para actuar prudentemente. Creemos que la felicidad es el fruto de la libertad y la libertad, el del valor. Resumiendo: sostengo que Atenas es la escuela de la Hélade (nombre de la antigua Grecia) y que todo individuo ateniense alcanza en su madurez una feliz versatilidad, una excelente disposición para las emergencias y una gran confianza en sí mismo".
Estas palabras no son sólo un mero elogio de Atenas, sino que constituyen la expresión de un justo orgullo por una ciudad que se había propuesto la tarea de convertirse en ejemplo de las otras, y que se convirtió en la escuela, no ya de la Hélade, sino también de la humanidad en los siglos pasados, presentes y venideros. El 5 de junio, todo lo anterior y mucho más estará en juego.

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