Dicen por ahí que el deporte exige e infunde disciplina y lealtad, y hablan también de su carácter pedagógico y de sus bondades y contribuciones a la formación humana. Sin embargo, ahí está el fútbol para aguar la fiesta y demostrar que el deporte no obra milagros.
Y es que el fútbol, como todos los deportes hambrientos de fama y empachados de dólares, se ha desbocado. Ha huido del aprisco que la prudencia y la virtud ofrecen a toda actividad humana y se ha sometido sin reparo alguno a las degradantes condiciones de la fama y el consumo. A nadie importan la orfandad ni el desenfreno de los futbolistas, como tampoco sus carencias educativas y sus desórdenes flagrantes. Ante esa realidad triste y degradante, ensalzada incluso por algunos, los hinchas recitan como mantra que lo que sus héroes hagan con sus "vidas privadas" no importa. Que lo que importa es que hagan goles. Que para eso vinieron al circo.
La pelota está manchada. Pero no solo por la sumisión de los jugadores al espectáculo, ni por la complicidad e indiferencia de los espectadores ante esa sumisión disfrazada de éxito y revestida de millones. No es solo la poderosa inercia de una industria que mercantiliza lo que toca. Es el haberse erigido en un sucedáneo religioso lo que la ha manchado a ella y a sus adoradores. Es su pretendida omnipresencia.
Afortunadamente, aún hay arrebatos de humanidad que despercuden la pelota. Los hay, por ejemplo, en el gol de un niño en plena calle y entre amigos, lejos de las academias, y lejos de los altares de la FIFA.


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