La Piura que se añora es aquella de sus frescos algarrobos perfumando las tardes asoleadas, la que luce su sol para hacer brillar las calles limpias y bullangueras, la que apacible reverdece los campos en verano cuando el aguacero refresca. Aquella Piura que es amable, hospitalaria y amistosa, la que es pacífica, con gentes respetuosas y saludables.

Se añora también la sabrosura de sus comidas y se extrañan sus hermosas playas, aquellas de fotografías y postales, su despejado cielo, sus ricos algodonales y sus chacras perfumadas de mangos y limones; la plaza de armas, testigo de innumerables encuentros, las festivas retretas domingueras, el puente viejo valiente y corajudo, e fin, se añora todo lo que se ama en esta bendita tierra que nos ha visto desde churres.

Lo que no se extraña es el desorden de la Piura de hoy, la que contemplamos creciente en muchos aspectos, pero creciente también en el caos y donde pareciera que no existe autoridad. Cada quien hace lo que quiere, sin ningún respeto a las leyes, sin lástima por esta ciudad que los ve crecer pisoteándola, ensuciándola y convirtiéndola en un mercado persa.

Mototaxistas, ambulantes, taxis, etc., se adueñan de las pistas y veredas sin pedir permiso a nadie. Apenas se abre una tienda comercial obstaculizan el tránsito de vehículos y personas y generan este desorden de nunca acabar.

En el mercado, que debería llamarse Babel, es también "tierra de nadie", donde los ambulantes se instalan en la pista, expenden sus productos en el suelo, sin ninguna limpieza y sin tener en cuenta el peligro que corre nuestra salud y nuestra integridad. Se ha convertido en el mal ejemplo más grande de cómo no debe ser un mercado. ¿Y las autoridades? Bien gracias.

Esta Piura de hoy en el caos de los huecos, de los mercados intransitables sin luz eléctrica, de los mototaxistas abusivos, de la delincuencia motorizada, de la falta de autoridad latente en las calles, de la escasez de conciencia e identidad con la Piura de antes, no la extraño: prefiero vivir de mis recuerdos.