Cerca del 70% de los electores votó en segunda vuelta por alguien que no fue su primera opción. No fue un voto de adhesión entusiasta, sino estratégico, defensivo o resignado. Un voto marcado por el temor a uno, el rechazo al otro, la esperanza moderada y el cálculo sobre cuál de los dos riesgos parecía menos peligroso.
El reto de gobernar un país dividido, reconstruir la confianza en las instituciones, generar crecimiento económico, recuperar la seguridad ciudadana y demostrar que es posible construir acuerdos duraderos en medio de profundas diferencias requiere recuperar la capacidad de convivir con quien piensa distinto sin convertirlo en enemigo. Esa dificultad está en el ADN de la educación retrógrada que tenemos que clama por una profunda reforma. No solo para enseñar a debatir sin odiar y disentir sin descalificar, sino para convertirse en la principal apuesta de futuro del país.
Esta podría ser la oportunidad para atreverse a hacer lo que ningún gobierno reciente ha tenido el coraje político de emprender: abandonar los remiendos y las reformas cosméticas para diseñar una visión educativa verdaderamente vanguardista, capaz de preparar a los jóvenes para un mundo dominado por la inteligencia artificial, la innovación, el aprendizaje autónomo, la creatividad, el emprendimiento y la adaptación permanente al cambio. Si el próximo gobierno quiere dejar una huella histórica, quizá no la encuentre en una obra de cemento ni en una ley coyuntural, sino en trazar la ruta educativa que permita al Perú dar un salto hacia adelante y acercarse al país que aspira a ser en las próximas décadas.