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La reciente acusación de Arabia Saudita contra Irán imputándole la autoría de los ataques a sus refinerías el último fin de semana muestra los odios y rivalidades histórico-religiosas entre ambos Estados islámicos, los más poderosos del Medio Oriente. El primero, árabe sunita, y el segundo, persa chiita. En esta ocasión me referiré solamente al origen religioso de sus irreconciliables relaciones. La milenaria rivalidad entre las dos ramas más importantes del Islam -chiitas y sunitas- no se ha detenido desde la muerte de Mahoma, el Profeta Mayor de la religión islámica, en el 632 d.C. Sus seguidores lidiaron para determinar quién tendría el liderazgo de su sucesión. Así comenzó la historia de la división del Islam entre sunitas y chiitas, en la idea de formar el gobierno del Califato islámico. Los chiitas creen que debe serlo un familiar de Mahoma -el caso de Alí, su primo y yerno- por designación de gracia divina. Los sunitas, en cambio, consideran que el sucesor debe ser elegido por la mayoría de la comunidad musulmana -su histórica figura fue Abu Bakr, suegro de Mahoma-, conforme los extractos de la Sunna, libro sagrado que contiene las palabras de los profetas y sus seguidores, de allí que se denominen sunitas. Estos, que son mayoría, representan alrededor del 87% de musulmanes en el mundo (en total son 1750 millones), mientras que los chiitas llegan al 13%. Países sunitas a confesión, además de Arabia Saudita, son Afganistán, Pakistán, Kuwait, Yemen, Egipto, Túnez, Libia, Turquía, Siria, mientras que entre los chiitas se puede contar a Iraq, Líbano y Palestina. Las subramas sunitas más relevantes son los wahabitas (salafitas), mientras que las chiitas reconocidas son los imamíes, alauitas, ismaelitas y zaidíes. Con este contexto, finalmente, no será difícil comprender, entonces, por qué razón Irán apoya al Hamas de Palestina que lidia contra Israel y por qué razón el Estado Islámico, que es un grupo terrorista islámico sunita, no ataca a Israel, el mayor enemigo no islámico de Irán.