Opinión

La semana grande

COLUMNA: JAVIER DEL RÍO ALBA

15 de Abril del 2019 - 07:00 Julio Favre

Con el Domingo de Ramos comenzamos las celebraciones de la Semana Santa, la más grande de todas las semanas. En ella, hacemos como un paréntesis en los quehaceres que demandan la mayor parte de nuestras jornadas a lo largo del año y nos damos tiempo para acompañar a Jesús en sus últimos días terrenales y contemplar así el gran misterio de amor que nos revela su Pascua, su paso de la muerte a la vida. En el marco de su entrada a Jerusalén, en la que es recibido como el Rey -Mesías anunciado por Dios a través de los profetas-, y con su aparición resucitado, Jesucristo lleva a pleno cumplimiento la misión para la que su Padre lo envió a este mundo: dar la vida para el perdón de nuestros pecados y resucitar para nuestra justificación, es decir, para hacer posible que los hombres y mujeres de todos los tiempos seamos “santos e inmaculados ante Dios por el amor” (Ef 1,4) y, de ese modo, alcancemos la plenitud para la que hemos sido creados; “porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17).

Como dice san Juan, “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (Jn 4,10); y dice san Pablo: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8). El centro de la Semana Santa es el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús y la sabiduría de Dios puesta de manifiesto en Cristo crucificado y resucitado. El aparente fracaso de Jesús en la cruz, abandonado por todos, es en realidad el gran momento de su victoria, la victoria del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la comunión sobre la división. Es en la cruz donde Cristo ha comenzado a reinar y desde esa misma cruz viene a buscarnos en esta Semana Santa para hacer pascua con nosotros, es decir, para pasarnos con Él de la muerte de nuestros pecados a la gloria de su resurrección. Salgamos a su encuentro, dejemos que Él haga esa obra en nosotros y comenzaremos a experimentar, ya en este mundo, la vida que no tiene fin.

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