A Lima le faltan espacios recreativos. Los pocos espacios exitosos que tenemos, como las piscinas de los parques zonales o el Circuito Mágico del Agua, no son gratuitos. Ni qué decir de los emprendimientos privados de recreación acuática que proliferan en lugares como Puente Piedra.
La semana pasada un grupo de bañistas invadió las fuentes de agua que dizque adornan algunas alamedas de Chorrillos. Piletas espaciosas y con el agua siempre verde, salvo las fuentes que lucen caídas de agua. Piletas que fueron hechas según viejos conceptos que dictaminan que los parques y fuentes están ahí para verse de lejos. Un mírame y no me toques que termina creando barreras en vez de propiciar la convivencia de los humanos que habitamos la urbe.
Pues el repentino uso recreativo y refrigerante de las piletas en un día en que el sol mordía las nucas como perro rabioso, y en momentos en que no entraba un alfiler más en la playa Agua Dulce, demostró que las ciudades no deberían estar hechas para las postales sino para la gente.
Así lo entendió San Isidro, que finalmente, y en contra de lo que hubieran querido los vecinos de El Olivar, ha permitido el uso de dicho parque por todas las personas que quieran aprovechar sus hermosas vistas. Un caso similar se da en el Campo de Marte de Jesús María. O en algunos parques de Miraflores.
Pero aún existen zonas de Lima donde usar los escasos parques es casi un delito. Necesitamos alcaldes que abran espacios que unan a las personas de esta ciudad fragmentada. Una ciudad donde meterse a una pileta (limpia) no sea visto como un acto salvaje sino como la reacción natural para enfrentar el calor.



