Las viejas películas de gangster nos siguen gustando porque reflejan la dicotomía de nuestra moral pública. En ellas el desenlace se define en el enfrentamiento entre el astuto criminal, a través de sus esbirros (sicarios), y el honorable y valeroso policía. De esta forma los Al Capone y los Eliot Ness siguen encarnando la lucha y el accionar del mal contra el bien. Sin embargo, Hollywood y su mundo de ficciones y ensueños, no difiere mucho de nuestras duras realidades.
En efecto, en democracias subdesarrolladas como la nuestra se producen luchas similares. El ámbito mediático es el escenario donde se enfrentan dos fuerzas contrarias. La de los líderes antagónicos (en proceso de extinción) y la de los esbirros políticos. Los primeros ponen las ideas. Los segundos no los refutan, sino se lanzan (o son lanzados) sobre la yugular de aquellos para aniquilarlos. Ser líder es difícil, pues exige solvencia e integridad. Los esbirros sólo actúan en función a consignas, favores o prebendas.
Estos roles están claramente definidos en los grupos políticos. En el APRA por ejemplo, tocar a Alan García o a otro alto dirigente, implica exponerse a las injurias de los Mulder, los Cabanillas o los Aurelio Pastor. Algunas veces sólo basta ser incómodo para su gobierno o ejercer un cargo apetecido por su partido para hacerse merecedor de los ataques de los peones de la fuerza de choque aprista, verbigracia el caso del viceministro de Gestión Pedagógica Idel Vexler.
No obstante, el premio mayor es convertirse en enemigo público del Gobierno. Ello significa resignarse a sufrir una andanada de insultos en cada declaración. Ese es el caso de los miembros de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (CVR). Su pecado mortal fue denunciar las más horrendas masacres por parte de malos elementos de las fuerzas armadas, durante la primera administración aprista.
Para esta "delicada" misión (atacar a los miembros de la CVR ), además del fujimorismo, el Gobierno ha reclutado un grupo que ni siquiera pertenece a su partido. Todos vienen de los sectores más conservadores y militaristas de nuestro país. Me refiero a Antero Flores, Luis Giampietri, Rafael Rey, además del cardenal Cipriani, quien actúa de "oficio" en estos menesteres.
Con la abundancia de esbirros, no es difícil colegir que los debates en el Perú, antes que ideológicos o programáticos, se dan en torno a delincuentes de saco y corbata. Lejos están las polémicas entre Mariátegui y Riva Agüero o entre Luis Alberto Sánchez y Héctor Cornejo Chávez.
Hoy, escuchar a Velásquez Quesquén, Carlos Raffo, Torres Caro, etc. es condenarse a una intolerable sesión de puerilidad y de cinismo. Con estos protagonistas, exigir a nuestros jóvenes que
vean los noticieros es embrutecerlos mucho más que viendo programas de chismes. Consecuentemente, desterrar a los esbirros exige iniciar la titánica tarea de crear nuevos espacios de pedagogía política.