Al celebrar ayer en muchos países el Día del Niño, tengamos presente que merecen la mayor protección jurídica del Estado y sobretodo afectiva en el hogar. En la antigüedad, no tuvieron protección especial. En el Medioevo los consideraban “adultos pequeños”. Recién en el siglo XX la Liga de las Naciones -antecesora de la ONU- aprobó la Declaración de los Derechos del Niño (1924), que fue el primer tratado internacional sobre sus derechos. El horror de la Segunda Guerra Mundial, con miles de niños muertos, apresuró la creación del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (1947, Unicef). Un año después, la ONU aprobó la Declaración Universal de los DD.HH. reconociendo que “la maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencia especiales”. En 1959, la ONU aprobó una declaración que describe sus derechos en diez principios y sin mengua, proclamó a 1979 como el Año Internacional del Niño con un nuevo enfoque de tratamiento que años después, en 1989, se vio reflejado en la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por el Perú. Son más de dos mil cien millones de niños en el mundo, es decir, más del 36% de la población en el planeta. En América Latina, llegan a los 120 millones (niños y adolescentes), pero todavía 6.5 millones de ellos no asisten a la escuela. En el Perú, tenemos unos 7 millones 28 niños de 0 a 11 años (23.3% de la población total), una cifra que para el bicentenario podría disminuir al 20.4%. Recordemos que los niños, que son una bendición de Dios -tengo tres mujercitas- tienen como únicas tareas el estudio y el juego, y es nuestro deber garantizarlo.

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