La furia extrema de la guerra pone en riesgo cualquier blindaje moral o ético, es un evento que supera toda situación natural de la vida, donde lo normal o natural de la civilización queda suspendido. El vacío del horror propone abismos insondables. Resistirse equivale a caer muerto rápidamente. Buscar sobrevivir a cualquier precio puede extender la fecha de defunción. La garantía de salir bien librado tampoco está asegurada. Siempre hay heridas que se consiguen en el camino.
Bertolt Brecht expuso en su obra Madre Coraje y sus hijos la inutilidad de las contiendas bélicas, donde no sólo la muerte de vidas sino también de ideales condenan al ser humano a miserias difíciles de remontar. Su personaje principal, Anna Fierling, busca librarse de la desgracia en un contexto de guerra comerciando con quien conviene en la coyuntura: la única lealtad es para el que tiene poder, para el que puede pagar. El instinto de supervivencia llevado a un dogmatismo donde incluso la vida de los hijos puede dejarse al riesgo.
Alberto Ísola dirige esta obra, que se presenta en el Teatro Británico y que goza de una adaptación realizada desde el respeto por el espíritu original de la pieza teatral y la capacidad de inventiva que persigue aportar con elementos que atrapen al espectador. Una puesta donde de manera deliberada la fijación del tiempo no existe, donde los soldados pueden vestir uniformes de distintas épocas, donde un jeep representa ese comercio de ausencia moral, que arranca motivado exclusivamente por la codicia.
Desde ahí, desde ese escenario, la figura de Teresa Ralli se vuelve poderosa y envolvente. Es Madre Coraje en una dimensión plena: se le detesta, conmueve y se le vuelve a detestar; nunca es frágil, nunca es endeble; es la sobreviviente sin escrúpulos que seguirá tercamente abrazada a su naturaleza. No le importa nada, salvo sus hijos. Paradójicamente, ellos pagan el precio.
La desolación es la condena de Madre Coraje, la guerra es la trampa de la cual ha vivido, la trampa que la pervirtió y deshumanizó. Sola, jodidamente sola, ella busca seguir su camino, sabe que no puede detenerse. Ni siquiera para llorar la propia muerte de sus hijos: la culpa es demasiado grande.

NO TE PIERDAS


