A los 79 años, el prolífico Woody Allen mantiene el ritmo de por lo menos una película por año. Bien por él al seguir en actividad de manera permanente. Sin embargo, no se le puede pedir que haga una obra notable tras otra. Es por eso que después de la estupenda “Jasmine”, que vimos el año pasado, ahora nos entrega “Magia a la luz de la luna” (Magic in the moonlight), ciertamente una obra menor aunque fresca y elegante.
La comedia de turno, romántica y de época, ubica su acción en la Francia de fines de los años 20. Se inicia con varios elaborados actos de ilusionismo de un experto mago británico (Colin Firth), cuyo peculiar esceptisismo con respecto al mundo que lo rodea se contrapone con su notable capacidad para engañar al ojo humano a través de su labor en el escenario.
El esceptisismo y la paciencia del profesional serán puestos a prueba al aceptar desenmascarar a una falsa médium norteamericana (Emma Stone) que ha seducido con sus dotes espirituales -y espiritistas- al acaudalado sobrino (Hamish Linklater) de un amigo y colega (Simon McBurney).
La tarea, que no parecerá en absoluto difícil, empezará a complicarse para el incrédulo y excesivamente racional ilusionista al no lograr poner en evidencia las supuestas malas artes de la simpática joven y, por el contrario, sentirse extrañamente atraído hacia ella y sus aparentemente asombrosas virtudes psíquicas. Un flirteo que amenazará con transformarse en romance.
TODO BAJO CONTROL. El viejo Woody juega rápidamente sus cartas con la seguridad del hábil titiritero que tiene bajo control todos los hilos de sus marionetas, amaparándose como siempre en un óptimo trabajo de su equipo actoral, en el que destacan principalmente Colin Firth y Emma Stone. La verdad es que a estas alturas de su larga trayectoria cinematográfica, es difícil encontrar en una película de Allen a un actor o actriz que desentone.
El relato, en el que también resaltan la notable fotografía del iraní Darius Khondji y la variada banda sonora jazzística, se percibe demasiado calculado, sin mayor espacio para la sorpresa. Deja, por lo tanto, la impresión de que Allen se conforma con contar bien su historia, sin preocuparse de alcanzar ningún destello o brillantez.
Lógicamente, no falta un buen as bajo la manga para generar algunos pequeños conflictos que sazonen debidamente la receta y permitan al menos uno o dos giros en el desarrollo de los acontecimientos. La escena final le hace un curioso guiño al ultimo plano de “Mi bella dama” (1964), de George Cukor. Un efecto romántico y divertido a la vez.




