Allá por los años 30 o 35, los abuelitos del siglo pasado -bisabuelos posiblemente para muchos- tenían toda su fe puesta en una medicina prodigiosa, "La Maravilla Curativa": un líquido amarillo y mágico, en botella de vidrio y llamativa etiqueta, que servía para toda clase de emergencias, lo mismo lesiones por golpes que por caídas; tan buena para picaduras de insecto como para quemaduras de sol y de luna... Como su nombre indicaba, era una "maravilla": curaba todos los dolores o, por lo menos, los aplacaba.

La mayoría de los episodios de nuestra vida política me hacen pensar en esta mágica poción de laboratorio: "el diálogo". Se diría que todo lo resuelve, lo modera, lo alumbra y encuentra las soluciones adecuadas. El diálogo se aplica -o se pretende- a toda clase de protestas, mítines, levantamientos, agresiones, huelgas, abusos, atropellos, desacatos, etc.

Frente a cada una de estas "expresiones del derecho popular", la maravilla curativa del diálogo aparece en el primer plano del conflicto, lista para aportar las soluciones y los remedios. En otros mundos y latitudes aparecen las leyes, las constituciones, los derechos universales, las fuerzas del orden encargadas del ídem. Aquí aparece la maravilla del "diálogo".

El problema está en que no todos los "diálogos" vienen en la misma botella. Algunos fallecen antes de haber nacido. Otros son asesinados en pleno parto o a temprana edad. Hay diálogos que jamás empiezan, ya que algunos emperadores de regiones -que gobiernan lo suyo y lo ajeno por igual- tienen una noción muy particular de "diálogo". Así, cuando funcionarios del Estado proponen:

-¿Por qué no dialogamos sobre este tema para resolverlo, en vez de tirar piedras...?, los emperadores responden:

-De acuerdo, dialoguemos. Pero con una condición: que ustedes acepten nuestra posición, sin condiciones ni recortes...

-Pero entonces -dice el funcionario- ¿para qué serviría el diálogo?

-Para que ustedes declaren que están de acuerdo, lo pongan por escrito y señalen las fechas. Y mejor todavía: que den una ley nueva...

Sucede algunas veces que el emperador de una región anuncia: "quiero dialogar con el Jefe (de Estado) y mandaré una carta". La carta no llega y el diálogo sigue esperando, pero las marchas y las agresiones continúan. Hay que declarar las piedras en "fuera de juego" y comenzar de nuevo. Mientras tanto, en el Congreso de la República -el supuesto santuario de propuestas y debates- la maravilla curativa del diálogo es muy escasamente aplicada: se prefiere esa pasta tan eficaz y que deja tan buenos réditos. Se llama "demagogia"...

Para dialogar, los representantes del Estado y de la ley acumulan argumentos, razones, principios, inclusive ordenanzas constitucionales. Para acudir al diálogo, los emperadores y sus ayayeros acumulan piedras, llantas-combustible, troncos de árboles, hondas y cachiporras, latas de gasolina y todo lo que refuerce sus argumentos: cerrar carreteras, invadir calles y asaltar negocios. Son sus formas habituales de "dialogar". Disponen desde luego de niños, escolares y amas de casa: si están embarazadas, tanto mejor...

¿Se comprende ahora mejor por qué "solo el diálogo salvará al Perú"...?