En mi vida he tenido la suerte de conocer a algunos poetas y, además, cosechar hasta cierto tipo de amistad con ellos. Lejos de lo que muchas veces se piensa, los poetas suelen ser muy fascinantes, divertidos, mundanos y sobre todo nocheros. Pero también suelen ser estos dignos hombres de la pluma muy vanidosos, y aquí prácticamente no conozco excepciones. Son, a su manera, ególatras y egoístas, casi como niños mimados.
Marco Antonio Corcuera fue, ese sentido, la excepción a la regla. De otro modo no se podría explicar que un poeta de su talla haya creado el célebre concurso El Poeta Joven del Perú. Fue un acto de desprendimiento, como se puede ver, un trabajo altruista y complicado por la promoción de nuevos valores de la literatura, que no cualquier poeta podría asumir debido a que se cree normalmente miembro de un parnaso del cual no puede descender para ver cuestiones tan pedestres y burocráticas como impulsar un concurso, aunque éste fuese de poesía. Además, vamos: a quienes escriben poesía, a los que se sienten una voz oficial de los dioses, no les hace demasiada gracia ayudar a iluminarle los reflectores a un nuevo valor de las letras, salvo que sea él mismo.
Corcuera, el poeta nacido en Cajamarca y afincado en los últimos años en Trujillo (ciudad que lo adoptó para siempre), lo hizo. Peleó y se impuso con el Concurso El Poeta Joven del Perú, que hasta hoy tiene vigencia (y en el cual han salido premiados grandes como Javier Heraud y hasta trujillanos como David Novoa y Luis Eduardo García) y sigue siendo un referente indiscutible para las nuevas voces de nuestra poesía. Y este gran patriarca creó además Los Cuadernos Trimestrales de Poesía, otra demostración de su admirable generosidad y amor por la literatura y las humanidades, más que por sí mismo.
Guardo en algún lugar una fotografía con Marco Antonio Corcuera. Me la tomaron cuando me entregaron un premio en el Instituto Nacional de Cultura, en el marco del concurso literario que lleva su nombre, en el año 2002. Ya por esa época el gran poeta era llevado a los eventos en silla de ruedas y no hablaba. Nunca supe, por cierto, si todos estos años en que lo he visto en ese estado por distintos eventos culturales quería en verdad estar allí. A veces he tenido la sensación de que lo llevaban sólo como un personaje decorativo, para que sea un elemento más en la composición de un circo en el cual no se imaginaba participar. No lo sé, ojalá me haya equivocado.
Lo cierto es que Marco Antonio Corcuera se ha ido luego de una vasta vida llena de lucha y amor por la belleza. Ha muerto a los 92 años y esperamos que se lo honre como se merece. Hacen falta más personajes de su temple para que este país sea menos infeliz.
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