Pienso en Sendero y el MRTA y no sólo recuerdo los sufrimientos que estos malparidos le infligieron al país, sino que también me acuerdo de las veces que los tuve muy cerca en los 80.
La primera ocasión fue caminando por la Javier Prado, justo en la cuadra que da al parque donde al otro lado se ubica la Embajada de China. Súbitamente, una explosión destrozó una de las puertas y hubo que tirarse al suelo. Felizmente, no pasó de un petardazo que no dejó heridos, aunque sí tiritones.
La segunda vez fue yendo a la PUCP, mi tan amada alma máter. Mi padre me estaba pegando un aventón y nos encontramos carro a carro con un amigo en la luz roja de la avenida San Felipe con la Brasil. Acababa de bajar la luna para saludarlo cuando un coche bomba estalló un poco más allá del óvalo. Se levantó una gran polvareda, cayeron cascajos y vidrios por doquier, mientras el boom dejó tapados mis oídos. Al parecer, la carga era menor y sólo quedó un auto convertido en una chatarra humeante de ese incidente, aparte de varios nervios alterados.
El tercer evento fue con el MRTA. Resulta que por aquellos años vivía casi al lado de la embajada chilena. Se desató el infierno la madrugada de un aniversario más del golpe pinochetista, pues dos carros repletos de terroristas balearon la embajada, tiraron un par de petardos y regaron de folletería la cuadra. Recuerdo que salí por la puerta falsa y recogí algunos panfletos mientras los alterados policías sólo atinaban a disparar al aire como locos, cuando los terroristas andarían ya fácil por la Salaverry. Vi a dos carabineros armados con pistolas en el techo de la sede y después supe que decidieron no abrir fuego contra los atacantes para no generar ningún incidente. Los textos de los folletos eran francamente infantiles en su radicalismo castrista, aunque no tan penosamente estúpidos como los que una vez encontré de Sendero en un baño de la PUCP, donde pintaban, muy toscamente, al tetelemeque de Belaunde como un sanguinario vampiro y detallaban argumentos políticos dignos de un fronterizo profundo (que no debería haber moneda, que todos deberíamos vivir en comunas campesinas, que el carnicero de Mao era un genio y Deng un monstruo, que Abimael era la "cuarta espada de la revolución mundial" e idioteces por el estilo).
La cuarta ocasión fue tragicómica. Un amigo había tomado sin permiso el auto de su padre y nos habíamos ido con un par de chicas traviesas a un parque -ahora sepultado de cemento- a la espalda de Rivera Navarrete (no había hostales como ahora). La mía lamentablemente se tuvo que ir temprano, así que me puse a vagar un rato por el parque para apagar el calentón, mientras la otra pareja hacía de las suyas. De pronto, Sendero lanzó una bomba contra el entonces Banco Latino y tuvimos que salir despavoridos con el carro, con la pareja casi calata adelante y yo agachado atrás. Mi amigo luego me refirió que la explosión justo ocurrió cuando tenía los ojos cerrados por el clímax en pleno curso y que ante el fuerte ruido y la intensa luz que atravesó sus párpados, pensó por unos instantes: "¡Qué fuerte! ¡Éste es el sexo de verdad! ¡Qué mujer es ésta!".
No hay quinto malo. En 1989 me fui a España, decisión que aceleró "Sedapalo", pues salía agua con caca de la ducha y me dije que ya era hora de largarse. Vine de visita para las Navidades de 1991 y allí sí que la detonación fue realmente fuerte, la más fuerte que había sentido cerca hasta entonces. Recuerdo que esa mañana gateaba asustado por el suelo mientras silbaban las balas sobre mi cabeza y no dejaba de mentarles la madre a todos los comunistas del planeta y a Abimael en especial. Cuando me asomé, pude ver un VW abierto hacia arriba como un hongo, mientras que un polvo blanco estaba disperso por la pista. Después me enteré de que era anfo y que sólo había funcionado el detonador. Si no, ahora sería una molécula.
Después no me pregunten por qué no me preocupan nada los derechos humanos de los terroristas... De ser por mí, colgaría a Abimael y Polay y los contemplaría "bailar" un rato. Luego me iría feliz a almorzar.