En las últimas semanas se han publicado una serie de denuncias sobre graves delitos cometidos por religiosos que han provocado mucho desaliento y vergüenza; y que han motivado que la Iglesia Católica sea atacada en medios internacionales y, de manera reiterada, por los escándalos señalados que involucran también al Sumo Pontífice. Se trata de hechos terribles y ciertamente inocultables. Nos ofende, por la injusticia con esos indefensos niños, jóvenes.

Duele mucho.

Frente a estos hechos consumados por personas específicas, no se puede arrastrar a toda la Iglesia en estas acusaciones.

Sin negar lo ocurrido, no podemos confundir las cosas; tampoco dejar de pensar en la tarea de la Iglesia durante más de dos mil años; mucho más que la de tres, cinco o 20 sacerdotes extraviados, quienes llevarán sobre sí la carga y el delito adicional de haber mancillado una obra sagrada.

La Iglesia ha sido señalada a lo largo de la historia muchas veces, pero siempre ha salido incólume.

Los tiempos de la Iglesia son otros; no se pueden medir en espacios cortos o por hechos aislados, o en horas o minutos que le pueden tomar a un medio de comunicación o a un ciudadano hacer una nota de escándalo. Se mide en todos los siglos vividos de paciencia para construir, de dedicación a la tarea misionera, tarea difícil, humilde e incomprendida en los rincones de nuestra Amazonía, llevando la palabra de Dios; se mide también en su apoyo a las artes, arquitectura, música y las letras.

Si hoy día, después de dos mil años, podemos sentarnos a una mesa de diálogo y empuñar un cuchillo, no para matarnos sino para compartir el pan, se debe a la tarea formadora y educadora de la Iglesia, de sacerdotes ejemplares como los que me educaron. Sean estas líneas y este recuerdo para mis maestros; y detrás de ellos, a las decenas de miles de sacerdotes que predicaron con el ejemplo y que representan dignamente la misión de la Iglesia Católica.

Mi acercamiento a la labor pastoral de la Iglesia Católica fue con motivo de mi confirmación en Paita. En 1957 no teníamos Obispo en Chiclayo y se tenía que viajar a Piura para recibir este sacramento. Fue la primera vez que tuve un trato directo con un cura. Me habían comprado para la ocasión, una camisa que imagino que por los 35 grados a la sombra me dio una sensación de alergia que no podía soportar. Fue por ello que me saqué la camisa antes de iniciar la ceremonia, en presencia del Obispo, y me pusieron un polo blanco.

El Obispo, lejos de castigarme minimizó el bochornoso incidente y así evitó que me cayera una reprimenda de mis padres y quién sabe algún castigo adicional.

Estudié en el "Manuel Pardo" desde segundo de primaria a segundo de media; seis largos años, antes de pasar al Colegio Militar Leoncio Prado.

De mi vida en Ferreñafe, recuerdo también a Monseñor Francisco Gonzales Burga. Solía visitar mi casa y nos aconsejaba permanentemente, siguiendo seguro las recomendaciones de mi madre. Estuvo con nosotros -digo nosotros por todos los ferreñafanos- por largas décadas. Él me casó en Cruz de Bobadilla, en la capilla que hasta ahora existe.

Estamos seguros que la Iglesia sabrá limpiar cuanto sea necesario, y saldrá más fortalecida de estos episodios tristes y dolorosos.