El caso del ahora exgerente de una empresa de servicios de alimentación que agredió a una joven trasciende el episodio puntual de un “altercado” en la vía pública para convertirse en un acto de descontrol violento intolerable. Más allá de lo que determinen las instancias legales, el hecho plantea una pregunta necesaria: ¿qué revela este comportamiento sobre la forma en que entendemos el poder y el liderazgo?

La frustración es una experiencia humana inevitable. Un gesto, una recriminación, una sensación de haber sido desafiado pueden detonar emociones intensas. Pero el liderazgo —empresarial, social o político— comienza donde termina la reacción impulsiva. Quien ostenta poder, influencia o responsabilidad pública tiene una carga adicional: la obligación de gobernarse incluso cuando el entorno provoca. Detener un auto, apagar el motor y correr para “agredir” no es un acto irreflexivo; es una secuencia de decisiones. Y en esa secuencia se pierde algo fundamental: el autocontrol que legitima cualquier forma de autoridad. Cuando un líder responde desde la ira, deja de actuar como conductor y se convierte en puro riesgo.

No se trata solo de violencia física, sino de un patrón más profundo: la incapacidad de tolerar la contradicción. Ese reflejo revela una idea peligrosa del poder: la creencia de que quien es cuestionado debe imponerse. Así, la fuerza reemplaza a la razón y la reacción suplanta al juicio.

Un líder que no se gobierna a sí mismo transmite un mensaje devastador. Enseña que la frustración justifica el desborde, que la superioridad habilita la agresión y que el control emocional es prescindible cuando el orgullo se siente herido. En ese clima, no hay respeto: hay temor. No hay autoridad moral: hay intimidación. Las crisis no crean el carácter; lo exponen. Y cuando el carácter se desmorona ante un contratiempo mínimo, lo que queda al descubierto no es un error aislado, sino una falla profunda en la comprensión del rol que se ocupa en la sociedad. El poder sin autocontrol no es liderazgo: es amenaza. Y una sociedad que normaliza estos comportamientos, o los relativiza por el estatus de quien los protagoniza, debilita su propio estándar ético. Gobernarse a uno mismo no es una virtud opcional del liderazgo. Es su condición básica. Porque nadie debería conducir empresas, equipos o destinos colectivos si no es capaz de detenerse antes de cruzar la línea oscura de la violencia.