El Uno de octubre no es un día cualquiera. Se trata de una fecha especial para las personas que hemos escogido esta noble como sacrificada carrera. No pretendo ser un aguafiestas, pero no se puede felicitar a quienes trafican con la honra de las personas. No se puede felicitar a quienes han hecho del periodismo el más vil de los oficios. No se puede felicitar a quienes chantajean. No se puede felicitar a quienes coimean hasta por quítame esta paja. Eso sí se tiene que felicitar a quienes sudorosos y hasta descuidados en su vestir, caminan tras la noticia. Se tiene que felicitar a quienes enaltecen la profesión, para hacerla fuerte y convertirla en la más noble de todas las existentes sobre la faz de la tierra. Ser periodista capaz y decente, en una sociedad como la nuestra donde campea la corrupción, es de por sí un gran paso adelante. Mantenerse digno, pese a los magros sueldos que se percibe, es una fortaleza que debe ser potenciada aún más. Un periodista que dice no al sometimiento del poder político-económico, es garantía de grandeza y valores. Un periodista que dice no a la mentira, aunque se desplomen los cielos, es la mejor muestra de que la corrupción no ganará la guerra. Por ello y por mucho más, felicito a los hombres y mujeres que dignifican al periodismo. A los colegas experimentados, contemporáneos y de las nuevas generaciones, que aún cultivan valores humanos y cristianos, únanse para hacer frente a quienes han equivocado el camino, y que con sus malas artes y comportamiento, deterioran el bien ganado prestigio profesional. Así como los mafiosos, narcotraficantes, pandilleros, en suma delincuentes de toda calaña se organizan para cometer sus fechorías, así también los periodistas decentes y honrados deben unificar fuerzas, criterios y voluntades para combatir la corrupción al interior de nuestra profesión. Sin duda será una tarea difícil, la que tendrá espinas y escollos de todo calibre, pero allí está el desafío que es propio de grandes hombres. Recordemos aquella máxima que dice: "A grandes problemas, grandes soluciones". Los periodistas con moral no podrán avanzar, sino se extirpa de raíz a los sinvergüenzas que se encuentran en casa. Esperemos que los homenajes no sean sinónimo de hipocresía, de simple formalismo o para congraciarse, sino que reflejen un sentimiento puro y de reconocimiento a la labor que realizan a diario los periodistas. Resulta grato servir al prójimo. Resulta tonificante dar tribuna a compatriotas que han perdido la confianza en la justicia ordinaria, luego de obtener un fallo injusto. Muchas veces los periodistas se convierten en la válvula de escape que necesita la sociedad ante tanta arbitrariedad. Muchas veces por estar al lado de la verdad y la justicia, no se tiene ni para comer. Sin embargo, el gozo más grande de ello es tener la conciencia tranquila y dormir en paz. ¿Estos paladines de la verdad necesitan de otros homenajes?