Pasará a la historia como el "jueves negro" de la Lima contemporánea: jueves 25 de octubre. Y se recordará que fue fruto de la improvisación y la incompetencia de las autoridades de un municipio sin autoridad junto a confundidos, desinformados o distraídos mandos policiales, de un lado; y el salvajismo de las turbas de nuestro lumpen capitalino -digno de edades muy anteriores a las cuevas de Altamira o Toquepala- que asaltan, agreden, roban y matan con ferocidad y eficacia que asombran. Edades en las que no hubo ni Constitución, ni derecho de gentes, ni jueces, fiscales, tribunales, condenas. Ni tampoco, fuerzas policiales organizadas y eficaces. Es decir, más o menos como ahora... pero más comprensible: solo eran salvajes. Dos generales y cinco coroneles suspendidos de sus cargos en la PNP se fueron a sus casas: no sé si los destinarán a lavar platos...
Cito una crónica que llega por internet: "...La televisión narra la barbarie desatada en esa especie de "mercado-lupanar" conocido como La Parada. No siento sorpresa, ni estupor, ni rabia: sólo lástima. Una auténtica lástima de peruano resignado. Siento lástima por los policías y sus familias, por los fallecidos, por los comerciantes cuyos negocios fueron saqueados, por los periodistas agredidos, por el caballo sacrificado y hasta por esos delincuentes que, defendiendo su imperio de cupos y extorsiones, demostraron que no hay límite para la bestialidad humana cuando se desata por encima de toda norma..."
Quien esto escribe y confía su lectura a internet es Mauricio Gambetta, que ha titulado su crónica "Perú, un caballo con la pata rota". Añade en su crónica:
"...Qué se puede exigir a estas hordas de desalmados, de pobres diablos, de delincuentitos de callejón, de hijos mal nacidos en un país donde diariamente se permiten las más atroces inmoralidades, bajo el amparo de una democracia adocenada, pestilente, manejada como una prostituta por una clase política, en su mayoría, oportunista y mediocre..."
"...El caballo que apareció ayer en variados medios de comunicación con la para rota, es la mejor metáfora para definir a este Perú, en el que sobrevivimos. Un Perú que quiere avanzar, pero no puede. Un Perú con tradición y garbo, con presencia y con historia, pero sangrante y malherido, con el punto de apoyo destrozado... Un Perú en el que el ceviche, el tiradito y el tacu-tacu son más importantes que una necesaria política de Estado, que permita repotenciar nuestras fuerzas armadas ante cualquier eventualidad..."
Creo que el señor Mauricio Gambetta tiene razón: toda la razón que se puede tener. Hay que preguntarse cuánto y a quienes les importan las cifras del crecimiento económico peruano, que producen admiración y envidia en días en que las crisis económica, bancaria, bursátil y similares azota sin piedad a países de gran desarrollo. Pero nuestras magníficas cifras no resuelven los problemas de la extrema pobreza que azota a millones de habitantes con los flagelos del hambre, la mala alimentación, sin atención médica, sin educación o, peor aún, educados por el SUTEP y el Movadef...
El caballo de la pata rota nos retrata.


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