El 18 Festival de Cine de Lima ha presentado este año varias películas atactivas, pero hubo una fundamental. Se trata de "P'tit Quinquin" (2014), la última realización del destacado cineasta francés Bruno Dumont, invitado de honor del evento y cuya obra completa se ha exhibido para beneplácito de los cinéfilos y aficionados.
"Ptit Quinquin" se produjo originalmente para la televisión en cuatro epidosios de 50 minutos. La versión de cine, proyectada en el festival, es una adaptación para la pantalla grande de 200 minutos divida en cuatro capítulos. Un trabajo impresionante desde todo punto de vista, que concentra todas las obsesiones personales de su autor, pero en clave de comedia.
Dumont ha escrito una comedia criminal extraordinaria, esencial, partiendo -como él mismo afirma- desde el paisaje más natural y vivo (una pequeña localidad al pie del mar) para contar una historia poblada por personajes tan variopintos como extravagantes, interpretados por actores no profesionales.
En el lugar se cometen unos asesinatos atroces. Dos agentes policiales bastante caricaturescos, a quienes nadie parece hacerles caso, son los encargados de las investigaciones. Al mismo tiempo, un niño llamado Quinquin y sus amigos pasan los días de vacaciones haciendo travesuras y eventualmente curioseando sobre lo que asoma como una maldición sobre la comunidad.
FÁBULA RURAL. El realizador construye una suerte de fábula rural apelando a una estructura narrativa episódica en la que privilegia como nunca -o como siempre, según se aprecie- los gestos y actitudes de unos personajes con rasgos muy acentuados. El tono podría haber sido muy dramático, como en "La humanidad" (1999). Sin embargo, Dumont prefiere decantarse por el humor y vaya que consigue momentos muy divertidos.
La secuencia de la iglesia, por ejemplo, previa al funeral de la primera víctima, se impone como una sucesión de aparentes improvisaciones, como si se tratara de un juego en el que todos los asistentes -feligreses y sacerdotes- son cómplices.
El amor y la muerte, los afectos y los odios, las conductas más extrañas, anormales si se quiere, se muestran a lo largo del metraje con una marcada eficacia. Dumont ilustra -de manera contundente- una reflexión sobre el mal que azota al hombre y no tiene explicación aparente. La escena en la que el agente más veterano coge un puñado de tierra y sostiene que está ácida nos indica que incluso los crímenes podrían deberse a una contaminación general, de lo físico y lo espiritual.
Memorable, sin duda, es la actuación del pequeño Quinquin, pero las palmas se las llevan los dos policías. Una impecable química los acompaña de principio a fin, como si fueran 'el gordo y el flaco', los entrañables Laurel y Hardy (la escena de la balacera en la que el más viejo rueda por el suelo antes de disparar o aquella otra en que el más joven conduce el vehículo policial sobre dos ruedas los pintan de cuerpo entero). Estamos ante una obra maestra del humor.

CALIFICACIÓN: EXCELENTE


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