De Cicerón, como de Le Bon, yo aprendí a distinguir entre pueblo y populacho. El populacho (o "canalla popular", según Marx), que en nuestro país es más o menos el 35% de la población electoral, es aquél sector que sólo piensa en términos como subvención, protección, caridad y están dispuestos a apoyar a todo aquel que los halague, les dé un regalo o los impresione con un discurso demagógico. Este grupo social se caracteriza por tener pensamientos simples, razonamiento rudimentario, sentimientos intensos y cambiantes: hoy aplauden, mañana pifian; hoy besan una mano, mañana la muerden. Por su misma debilidad, este inmenso y confundido conglomerado humano es la presa favorita de los partidos políticos. Entenderlo para manipularlo es el objetivo central de toda campaña.
Con respecto al pueblo, hay demasiadas teorías engañosas. Toda civilización se asienta sobre un pequeño número de ideas fundamentales que rara vez se renuevan como son los conceptos de patria, familia, religión, costumbres, moral y valores, que son los que determinan los conceptos del bien y del mal, de lo que es justo o injusto en sociedad. Estas ideas fundamentales son tan poderosas, que todo lo que esté en oposición a ellas será de duración efímera. Por este amor a sus tradiciones el pueblo es por naturaleza conservador y siempre odia o terminará odiando a todo aquel que le quiera convencer que está equivocado. Es debido a esta particularidad que todo extremista está condenado a la impotencia, ya que sólo en situaciones excepcionalmente caóticas los pueblos votan por la furia. Y como esto rara vez sucede, casi no hay extremista que gane una elección.
Estas ideas trasladadas a una campaña electoral nos ayudan a entender que el pueblo evalúa, juzga, sentencia y vota sobre la base de prejuicios. Sobre estos prejuicios, absolutamente subjetivos e independientes de toda prueba, el pueblo elabora su visión de las cosas. Así que no es cierto aquello que "la voz del pueblo es la voz de Dios". En realidad, la voz del pueblo es la voz del prejuicio; y su destino es el de ser un animal subjetivo, indefectiblemente condenado a vivir entre sombras, fantasmas y malentendidos. Fue así, sin proponérselo, como Nietzsche dio con la receta para entenderse con el pueblo: "A los jorobados hay que hablarles de forma jorobada".

NO TE PIERDAS


